Comienzan las guerras de los aviones asesinos

Tom Engelhardt
TomDispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
12/04/09

En “1984”, el superordenador que gobierna una futura Tierra, envía a un asesino cibernético, un “terminator” de vuelta a nuestra época. Su tarea era liquidar a la mujer que dio a la luz a John Connor, el líder de la resistencia humana clandestina de los días de Skynet. ¿Me siguen? Ése, desde luego, fue el argumento de la primera película “Terminator” para los muchos millones que la vieron; las imágenes de una futura guerra de máquinas – de drones cazas-asesinos que volaban por sobre un paisaje devastado – son inolvidables.

Desde entonces, a medida que se desarrollaban los efectos especiales de Hollywood, hubo dos secuelas en las cuales el terminator original de alguna manera se convierte en un personaje cinematográfico más amistoso, de modo aún más milagroso, fuera de la pantalla, en el humanoide gobernador de California. Ahora, la cuarta cinta de la serie, “Terminator Salvation”, está a punto de descender sobre nosotros. Llegará a los multicines de EE.UU. en mayo.

Mientras tanto, los drones cazas-asesinos no han esperado a Hollywood. Cuando estéis en los cines en mayo, verdaderos vehículos aéreos no tripulados (UAV, por sus siglas en inglés), drones de vigilancia y asesinato sin piloto armados con misiles Hellfire [fuego del infierno], patrullarán nuestros campos de batalla globales en expansión, cazando a seres humanos. Y en el Pentágono y en los laboratorios de los contratistas de la defensa, los partidarios de los UAV ya hablan de, y trabajan en, máquinas de la próxima generación. Después de 2020, según esos soñadores, los drones podrán volar y combatir, detectar a los enemigos e incinerarlos sin necesidad de decisiones humanas. Incluso se preguntan cómo programar en ellos la ética humana, tal vez incluso la ética estadounidense.

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Bueno, puede que nunca suceda, pero debiera hacerte pestañar que por ahí en EE.UU. haya gente ansiosa de llevar la quinta iteración de Terminator no a los multicines locales, sino a los cielos de nuestro mundo perfectamente real – y el Pentágono ya los financia para que lo hagan.

Una carrera armamentista con un solo participante

Ahora bien, pensad por un momento en los actuales drones de EE.UU., esos Predator MQ-1 y los más avanzados MQ-9 Reaper. Recordad que, mientras leéis estas líneas, vuelan por los cielos iraquíes, afganos y paquistaníes buscando potenciales “objetivos,” y que en las zonas fronterizas tribales de Pakistán, emplean lo que el comandante de Centcom, general David Petraeus, llama el “derecho del último recurso” para eliminar “amenazas” (así como a gente de las tribus que tengan la mala suerte de estar cerca). Y quedaos conmigo mientras os ofrezco un poco de historia de la carrera armamentista moderna.

Pensad en ello como algo que comenzó en los primeros años del Siglo XX cuando Gran Bretaña imperial, el monstruo industrial y colonialista advenedizo, y Japón imperial comenzaron todos a planificar y construir nuevas generaciones de inmensos acorazados y barcos de guerra (seguidos por “súper-acorazados”) y así se sumaron a una feroz carrera armamentista naval. Esa carrera dio un salto a tierra y hacia los cielos en la Primera Guerra Mundial cuando científicos y planificadores de guerras comenzaron a producir tecno-maravillas de muerte y destrucción con la intención de romper el punto muerto alcanzado en la guerra de trincheras en el Frente Occidental.

Cada año, desde 1915, aparecieron en, o sobre, el campo de batalla armas nuevas o mejoradas – gas tóxico, actualizaciones de los aviones, los tanques y luego el tanque mejorado. Incluso cuando llegaban esas maravillas, ya se diseñaba la nueva generación de armas. (En cierto sentido, los fabricantes de coches estadounidenses utilizaron el mismo plan de batalla en tiempos de paz, revelando cada año nuevos modelos reforzados de coches.) Como resultado, al terminar la Primera Guerra Mundial en 1918, la maquinaria bélica de 1919 y 1920 ya había sido planificada y desarrollada. De esa manera, la guerra siguiente y las armas que irían con ella ya estaban en las mentes de los planificadores de guerras.

Desde los primeros años del Siglo XX, un requisito previo evidente para lo que sería una carrera armamentista sin fin eran entre dos y cuatro grandes potencias en colisión potencial, cada una de las cuales con la capacidad de movilizar científicos, ingenieros, universidades, y poder de manufactura en una masiva escala. La Segunda Guerra Mundial fue, en esas condiciones, un excelente período para la invención así como para la destrucción. Terminó, evidentemente, con el Proyecto Manhattan, el non plus ultra de la invención en dimensión industrial para la destrucción, que produjo la primera bomba atómica, y con ello la carrera armamentista nuclear de la Guerra Fría que la siguió.

En ese roce con la extinción de 45 años de duración, EE.UU. y la Unión Soviética movilizaron cada cual un complejo militar-industrial para construir generaciones cada vez más nuevas de armas nucleares cada vez más devastadoras y sistemas de lanzamiento para un mundo de destrucción mutuamente asegurada (MAD). En el clímax de esa carrera armamentistas de las dos superpotencias, los arsenales resultantes tuvieron la capacidad demencial de destruir a entre ocho y diez planetas de nuestro tamaño.

En 1991, después de 73 años, la Unión Soviética, ese Imperio del Mal, simplemente se evaporó, dejando a una sola superpotencia sin rivales a horcajadas sobre el planeta Tierra. Y vino lo inesperado: la carrera armamentista, que se había consolidado durante casi un siglo, no terminó. En su lugar, sucedió lo inimaginable, y se transformó en una “carrera” de uno solo con una meta tan distante – el bombardero de 2018, sistemas de armas que cubrieran la Tierra, un vasto sistema contra misiles balísticos, y armamentos para los cielos de tal vez 2050 – como para implicar a la eternidad.

El Pentágono y el complejo militar-industrial que lo rodea – incluyendo a los mega-fabricantes de armas, laboratorios de armas avanzadas, centros científicos universitarios, y los think tank oficiales o semioficiales que producían en abundancia estrategias para la dominación militar futura – siguieron simplemente adelante. Después de un breve respiro posterior a la Guerra Fría en el que se discutieron, pero no se implementaron “dividendos de la paz”, la “carrera” comenzó realmente a acelerar de nuevo, y después del 11 de Septiembre de 2001, se disparó contra el “islamo-fascismo” (alias la Guerra Global contra el Terror, o la Guerra Larga).

En esos años, nuestro Imperio del Mal del momento, excepto en las mentes de un grupo de influyentes neoconservadores, fue un elenco variopinto de terroristas compuesto de tal vez unos pocos miles de adherentes y de imitadores baratos repartidos por el globo, capaces de montar ataques poco sorprendentes y de sorprendente baja tecnología contra objetivos simbólicos estadounidenses (y otros). Contra ese enemigo, el presupuesto se convirtió, durante un tiempo, en una excusa para cualquier cosa.

Eso nos lleva a nuestro actual mundo desequilibrado de poderío militar en el cual EE.UU. representa cerca de la mitad de todos los gastos militares del globo y el presupuesto total del Pentágono es casi seis veces el de su principal competidor, China. Recientemente, los chinos anunciaron planes relativamente modestos de reforzar sus fuerzas armadas y crear una armada que sea auténticamente de ultramar. Del mismo modo, los rusos han actuado para reducir el tamaño y refinanciar sus desharrapadas fuerzas armadas y el complejo industrial que va con ellas, mientras actualizan sus sistemas de armas. Esto podría hacer que el país se haga más competitivo en cuanto al comercio con armas, mercado del que EE.UU. controla más de la mitad. También amenazan con actualizar sus “fuerzas nucleares estratégicas” incluso mientras los presidentes

Dmitry Medvedev y Barack Obama han acordado presionar hacia una nueva vuelta de negociaciones por reducciones nucleares.

Mientras tanto, el Secretario de Defensa Robert Gates acaba de anunciar recortes en los programas más estrafalarios y futuristas de investigación y desarrollo heredados de la Guerra Fría. Los asombrosos 11 grupos de batalla de portaaviones serán reducidos a uno con el pasar del tiempo. Por poco que sea, esto indica una rebaja en el tamaño imperial, considerando que la Armada se refiere a cada uno de esos portaaviones, esencialmente bases militares flotantes, como “cuatro y medio acres de territorio soberano de EE.UU.” Sin embargo, el presupuesto del Pentágono crecerá modestamente y EE.UU. continuará en una carrera armamentista futurista de uno solo, una parte significativa de la cual involucra que reserve el firmamento así como los cielos para el poder estadounidense.

Asesinato desde el aire

Ya que hablamos del control de esos cielos, volvamos a los UAV. Tal como pasan las cosas con la planificación de armas futuristas, comenzaron como una tecnología relativamente simple en los años noventa. Incluso hoy en día, el más común de los dos drones armados estadounidenses, el Predator, cuesta sólo 4,5 millones de dólares por pieza, mientras el modelo más avanzado, ese Reaper – ambos producidos por General Atomics Aeronautical Systems de San Diego – vale 15 millones. (Comparadlo con 350 millones de dólares por un solo F-22 Raptor, que ha demostrado su inutilidad esencial en las guerras de contrainsurgencia más recientes de EE.UU.) Por suerte los UAV son baratos, ya que también tienden a caer. Hay que pensar en ellos como motonieves con alas que han recibido una óptica más sofisticada y armamento poderoso.

Surgieron como instrumentos de vigilancia durante las guerras sobre la antigua Yugoslavia, fueron armados en febrero de 2001, apresuradamente impuestos a las operaciones en Afganistán después del 11-S, y como muchos sistemas de armas, comenzaron a desarrollarse por generaciones. A medida que lo hacían, pasaron de ser ojos de vigilancia en el cielo a algo mucho más siniestro y previamente restringido a tierra firme: asesinos. Uno de los primeros actos armados de un Predator pilotado por la CIA, en noviembre de 2002, fue una misión de asesinato sobre Yemen, en la cual fue incinerado un jeep, que supuestamente transportaba a seis presuntos agentes de al-Qaeda.

Actualmente, el UAV más avanzado, el Reaper, lleva hasta cuatro misiles Hellfire y dos bombas de 500 libras, la especie de poderío otrora reservado para un caza bombardero. Enviado a los cielos sobre los límites más lejanos del imperio estadounidense, impulsado por un motor a turbohélice de 1.000 caballos de fuerza en la parte trasera, el Reaper puede volar a casi 6.400 metros durante hasta 22 horas (hasta que se acaba el carburante), transmitiendo secuencias en vivo de tres cámaras (o enviándolas a los soldados en el terreno) – 16.000 horas de vídeo por mes.

No hay que preocuparse de que un piloto se duerma durante esas 22 horas. Los equipos humanos que “pilotean” los drones, a menudo a miles de kilómetros de distancia, simplemente cambian de turno cuando se cansan. Por lo tanto los aviones se siguen desplazando interminablemente por los cielos iraquíes, afganos y paquistaníes buscando, como otros tantos terminators, enemigos específicos cuyas identidades pueden ver, bajo ciertas circunstancias – o por lo menos es lo que afirman – a través de los muros de las casas. Cuando se encuentra un “objetivo” y se llega a acuerdo – en Pakistán, el permiso de funcionarios paquistaníes para disparar ya no se considera necesario – y se suelta un misil o una bomba, las cámaras son tan poderosas como para que los “pilotos” puedan ver las expresiones faciales de los que están liquidando en las pantallas de sus ordenadores “cuando la bomba da en el blanco.”

Aproximadamente unos 5.500 UAV, en su mayoría sin armas – menos de 250 de ellos son Predators y Reapers – operan ahora sobre Iraq y en el teatro de operaciones Af-Pak (por Afganistán-Pakistán). Parte del desarrollo de la guerra en el aire de más de un siglo de duración, los drones se han convertido en favoritos de los planificadores militares estadounidenses. El secretario de defensa, Robert Gates, en particular, ha solicitado aumentos de su producción (y en el entrenamiento de sus “pilotos”) y ha instado a que sean enviados urgentemente a las zonas de batalla de EE.UU., incluso antes de que sean plenamente perfeccionados.

Y sin embargo, hay que pensar en que los UAV siguen estando en su (aterradora) infancia. Esas máquinas no son, claro está, cyborgs avanzados. Ni siquiera son tan avanzados en algunos aspectos. Porque alguien desea ahora publicidad para el programa de guerra de drones, periodistas de EE.UU. y otros sitios han obtenido recientemente “excepcionales” vistazos “entre bastidores” sobre cómo funcionan. Como resultado, y también porque la “guerra encubierta” en los cielos sobre Pakistán enorgullece suficientemente a los guerreros clandestinos de Washington como para filtrar regularmente noticias sobre sus “éxitos”, sabemos algo más sobre cómo funciona nuestra guerra de los drones.

Sabemos, por ejemplo, que por lo menos parte del programa afgano de UAV de la Fuerza Aérea es operado desde la Base Aérea Kandahar en el sur de Afganistán. Resulta que, por no tripulados que sean los aviones, un piloto tiene que estar cerca para guiarlos al aire y controlar los aterrizajes. En cuando un drone se eleva, un equipo de dos hombres, un piloto y un “monitor de sensores”, respaldados por expertos en inteligencia y meteorólogos, se hacen cargo de los controles sea en la Base de la Fuerza Aérea Davis-Monthan en Tucson, Arizona, o en la base Creech de la Fuerza Aérea al noroeste de Las Vegas, a unos 11.000 kilómetros. (Puede que otras bases de EE.UU. también estén involucradas.

Según Christopher Drew del New York Times, quien visitó Davis-Monthan, donde miembros de la Guardia Nacional Aérea manejan los controles, los pilotos están sentados en un ambiente poco atractivo “frente a hileras de ordenadores repletos de monitores al estilo de los años noventa, dentro de remolques tenuemente iluminados.” Según las necesidades del momento, pueden encontrarse “sobre” Afganistán o Iraq, o incluso ambos dentro del mismo turno. Todo esto es notablemente mundano – las quejas de los pilotos generalmente tienen que ver con problemas para la “transición” de vuelta a sus esposas e hijos después de un día con la palanca de juego sobre zonas de batalla – y al mismo tiempo, salir de las Mil y Una Noches.

En esos remolques tenuemente iluminados, los equipos de UAW enfrentan un poder casi divino. Su tarea es vigilar un sitio a miles de kilómetros de distancia (y completamente extraño a sus vidas y experiencias), evaluar lo que ven, y ubicar “objetivos” que eliminar – incluso si con sus sistemas informáticos algo anticuados “requieren hasta 17 pasos – incluso el ingreso de datos a ventanas desplegables - disparar un misil” e incinerar a los que se encuentran abajo. Sólo enfrentan peligros, aparte del síndrome del túnel carpiano cuando dejan el trabajo. Un letrero en Creech advierte a los pilotos que “conduzcan con cuidado”; “ésta, dice, es la ‘parte más peligrosa de tu día.’” Los involucrados afirman que el miedo y la emoción de la batalla no se les escapan, pero las descripciones que ahora tenemos de su mundo suenan incómodamente como un cruce entre las fronteras extremas de la ciencia ficción y un centro de llamados en India.

La más intensa de las diversas guerras de drones, la que tiene lugar al otro lado de la frontera afgana en Pakistán, es también la más misteriosa. Sabemos que algunos o todos los drones que participan despegan desde aeropuertos paquistaníes; que esa “guerra encubierta” (que regularmente llega a las primeras planas” es dirigida por la CIA desde su sede en Langley, Virginia; que sus pilotos están situados en algún sitio en EE.UU.; y que por lo menos algunos de ellos son contratistas privados contratados.

William Saletan de Slate ha descrito a drones involucrados en una “partida incruenta de caza aérea de visión total.” Desde luego, lo que otrora era una actividad elitista realizada en persona ha sido transformada en una actividad industrial veinticuatro horas al día adecuada para drones humanos.

Las guerras de drones de EE.UU. representan también un nuevo capítulo en la historia de los asesinatos. En otro tiempo, ser asesino por cuenta de un gobierno era algo furtivo, vergonzoso. En esos días, claro está, un asesino, si tenía éxito, liquidaba a una sola persona, no al individuo en cuestión y a cualquiera que estuviera cerca (o simplemente, si resulta que la información para el ataque era errónea, a cualquiera en el vecindario). No más paraguas con dardos venenosos en la punta, como en operaciones pasadas del KGB, o puros tóxicos como en las de la CIA – no ahora, cuando los asesinatos se han tomado los cielos en una actividad diaria, durante todo el año.

Hoy en día, EE.UU. exhibe cada vez más con orgullo sus artefactos asesinos. Para los estadounidenses, por lo menos, parece ser perfecto que sus operaciones aéreas de asesinato formen parte de una discusión abierta en Washington y en los medios. Considerémoslo una nueva definición del “progreso” en nuestro mundo.

Proliferación y soberanía

Eso nos lleva de vuelta a las carreras armamentistas. Podrán ser cosas del pasado, pero no nos imaginemos ni por un minuto que esos cielos de cazas-asesinos no se llenarán algún día con drones de otras naciones. Después de todo, una de las verdades de nuestros días es que ningún sistema de armas, no importa dónde haya sido creado primero, no puede seguir siendo durante mucho tiempo de propiedad privada. Hoy en día, no hablamos de carreras armamentistas, sino de “proliferación,” o sea lo que pasa una vez que se afianza lo que fue primero una carrera armamentista global de uno solo

En el mundo de los drones, chinos, rusos, israelíes, paquistaníes, georgianos, e iraníes, entre otros, ya tienen drones. En la Guerra del Líbano de 2006, Hezbolá hizo volar drones sobre Israel. De hecho, si alguien tiene la pericia, puede crear su propio drone, más o menos en su sala de estar (como indica su sitio básico de bricolaje de drones). Indudablemente, el futuro presenta inquietantes posibilidad para pequeños grupos que se propongan asesinar desde el aire.

Los cielos ya están más abarrotados. Hace tres semanas, el presidente Obama envió lo que Reuters llamó “un llamado grabado en vídeo sin precedentes a Irán… ofreciendo ‘un nuevo comienzo’ en los vínculos diplomáticos para dar vuelta a la página respecto a décadas de política hacia el antagonista de larga data de EE.UU.” Fue en la forma de un saludo de Nuevo Año persa. Como también informó el New York Times, los militares de EE.UU. le ganaron de mano al presidente. Enviaron sus propios “saludos” a los iraníes un par de días antes.

Después de considerar lo que los reporteros del Times Rod Nordland y Alissa J. Rubin llaman “el carácter delicado del incidente cuando EE.UU. trata de lograr un deshielo en sus relaciones con Irán,” los militares de EE.UU. enviaron al coronel James Hutton a encontrar a la prensa y “confirmar” que aviones aliados” habían derribado “un vehículo aéreo iraní no tripulado” sobre Iraq el 25 de febrero, más de tres semanas antes. Entre ese día y mediados de marzo, los funcionarios militares y civiles iraquíes relevantes no fueron informados, nos dice el Times. ¿El motivo? El drone se estaba entrometiendo en nuestro espacio aéreo (prestado), y no el de ellos. Por si no lo supierais, según un portavoz del Ministerio de Defensa Iraquí, “la protección del espacio aéreo iraquí seguirá siendo una responsabilidad estadounidense durante los próximos tres años.”

Y como es natural, no queremos drones de otros países en “nuestro” espacio aéreo, aunque es poco probable que eso los detenga. Los iraníes, por ejemplo, ya han anunciado el desarrollo de “una nueva generación de ‘drones espías’ que aseguran la vigilancia en tiempo real del terreno del enemigo.”

Desde luego, cuando uno controla abiertamente escuadrones de drones asesinos que patrullan el espacio aéreo de otros países, ya ha convertido en una burla lo que algún día pueda haber significado la soberanía nacional. Es un precedente que tal vez algún día incluso pueda llegar a ser muy incómodo para EE.UU. Pero no ahora mismo.

Si dudáis de esto, estudiad el torrente de comentarios auto-enaltecedores que son filtrados por funcionarios de Washington sobre sus drones asesinos. Esto a menudo proviene de artículos noticiosos sobre la “guerra encubierta” sobre Pakistán (“Una intensa campaña de Predator, de siete meses de duración, ha causado tantas bajas a al-Qaeda que los combatientes han comenzado a volverse violentamente los unos contra los otros por confusión y desconfianza, dicen funcionarios de la inteligencia y del contraterrorismo de EE.UU….”); pero hay que estar seguro de leer hasta el final de semejantes productos. En algún sitio, después de pregonar y sumar los éxitos, vienen las malas noticias: “De hecho, el aumento de los ataques ha coincidido con un deterioro de la situación de la seguridad en Pakistán.”

En Pakistán, una guerra de máquinas asesinas está visiblemente provocando terror (y terrorismo), así como cólera y odio entre gentes que de ninguna manera son fundamentalistas. Forma parte de una mayor desestabilización del país.

Para los que conocen la historia del poder aéreo, eso no debiera ser tan sorprendente. El poder aéreo ha tenido un historial notablemente estelar cuando se trata de causar muerte y destrucción, pero notablemente pobre cuando se trata de romper la voluntad de naciones, pueblos, o incluso organizaciones relativamente modestas. Nuestras guerras de drones son destructoras, pero es poco probable que logren los objetivos de Washington.

El futuro nos espera

Si queréis leer el renglón más escalofriante escrito hasta ahora sobre la guerra de los drones al estilo estadounidense, lo encontráis al final del artículo de Christopher Drew. Cita al analista de Brookings Institution, Peter Singer, que dice de los Pedator y Reaper: “Esos sistemas se parecen actualmente en mucho a los modelos T de Ford. Esas cosas sólo podrán progresar.”

En otras palabras, las guerras de los drones están siendo libradas con el equivalente aéreo de coches a manivela, pero la “carrera” hacia el horizonte ya ha comenzado. Para el próximo año, algunos Reaper tendrán un sistema mucho más avanzado de sensores con 12 cámaras capaces de filmar un área circular de 4 kilómetros desde 12 ángulos diferentes. El programa ha sido apodado “Gorgon Stare” [mirada de Gorgona], pero no se compara con el futuro programa Argus de 92 cámaras cuyo desarrollo inicial es financiado por el órgano de investigación avanzada del Pentágono, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa [DARPA].

Bastante pronto, un solo piloto podrá controlar no uno sino tal vez tres drones, y los armamentos de los drones indudablemente serán progresivamente más poderosos y “precisos.” Mientras tanto, BAE Systems ya tiene un drone en desarrollo desde hace cuatro años, el Taranis, que algún día deberá ser “completamente autónomo”; es decir, que teóricamente no necesitará pilotos humanos. Ensayos iniciales de un prototipo están programados para 2010.

Para 2020, afirman entusiastas de los UAV, los drones podrían involucrarse en batallas aéreas y elegir ellos mismos sus víctimas. Como informara recientemente Robert S. Boyd de McClatchy: “El Departamento de Defensa está financiando estudios de robots armados autónomos, o auto-controlados, que podrán encontrar y destruir objetivos independientemente. Programas de ordenador a bordo, no gente de carne y hueso, decidirán si disparar sus armas.”

Es algo particularmente triste en nuestro mundo que, en Washington, sólo los militares puedan soñar con el futuro de esta manera, y luego financiar la “carrera armamentista” de 2018 o 2035. Podéis estar seguros de que nadie que tenga un céntimo en el gobierno está investigando el sistema de atención sanitaria para 2018 o 2035, o el sistema de educación pública para esos años.

Mientras tanto, los cielos de nuestro mundo se llenan con asesinos a toda hora. Sólo se desarrollarán y proliferarán. Desde luego, cuando nos comparamos con las películas, nos gusta identificarnos con John Connor, el miembro humano de la resistencia, el bueno de este planeta, contra las máquinas maléficas. En otros sitios, sin embargo, mientras libramos nuestras guerras de drones aún más abiertamente, mientras presentamos tecno-terminators mecánicos con ojos que lo ven todo y lanzamos nuestros misiles desde miles de kilómetros de distancia ("¡Hasta la Vista, Baby!"), sin duda parecemos algo diferente de una nación de John Connors a los que viven bajo los Predator. Puede que no les importe si los controles y las consolas en esas máquinas avanzadas sean algo anticuados, ahora somos los terminators del planeta, asesinos implacables mediante máquinas.

Es verdad, no podemos enviar a nuestros drones al pasado para eliminar al joven Ayman al-Zawahiri en el Cairo, o al adolescente Osama bin Laden conduciendo a toda velocidad por alguna carretera saudí en su gris sedán Mercedes. Es verdad, los entusiastas de los UAV, que ya imaginan toda clase de guerras de drones realizadas por máquinas “éticas”, tal vez nunca vivan la realización de algo que se parezca a sus fantasías. Pero, el hecho de que sin la ayuda de un solo cyborg avanzado ya estemos en camino a crear un planeta Terminator, debiera darnos motivos para reflexión... o no.

Tom Engelhardt dirige Tomdispatch.com del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Es autor de “The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press). Editó el primer libro de lo mejor de “The World According to Tomdispatch: America in the New Age of Empire,” (Verso, 2008) una colección de algunos de los mejores artículos de su sitio y una historia alternativa de los demenciales años de Bush.

[Nota para los lectores de TomDispatch]: Recomiendo especialmente el artículo arriba citado de Christopher Drew en el New York Times: "Drones Are Weapons of Choice in Fighting Qaeda," que presenta un vívido cuadro de nuestras guerras de drones. Además, quisiera inclinarme brevemente ante Nick Turse, quien, ya en 2004, comenzó a escribir en este sitio sobre la forma cómo el gobierno de EE.UU. ha limitado los sueños de técnicas avanzadas a los militares. Para mantenerse al día sobre drones y guerras de drones, no hay mejor sitio para empezar que el blog Danger Room de Noah Shachtman en Wired.com. Es imprescindible. Para manteneros al día sobre ataques con drones cuando ocurren en nuestro mundo, observad Antiwar.com. Y una nota final de agradecimiento a Christopher Holmes, cuyo ojo para la edición y revisión hace que este proceso sea mucho menos embarazoso de lo que sería de otra manera.]


Copyright 2009 Tom Engelhardt