Tortura, guerra y proyecto imperial: La secuencia fatal

Chris Floyd
Counterpunch
Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre
18/05/09

Todo ello constituye un plan para expandir y afianzar “el control unipolar” del mundo por parte de EE.UU.

Con la publicación de los informes del Senado sobre el programa de torturas del gobierno Bush, ahora ha quedado meridianamente claro- y oficialmente ratificado por las más altas instituciones del Estado- que George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y un gran número de altos funcionarios, de forma deliberada, voluntaria y con premeditación, instituyeron un sistema de interrogatorios mediante técnicas brutales que sabían eran ilegales. De ahí la necesidad de los informes sobre la tortura que intentan dar cobertura legal retroactiva a las atrocidades que se estaban produciendo a las órdenes de la Casa Blanca y del Pentágono. Repetidamente se les advirtió que esas torturas eran ineficaces para conseguir informaciones relevantes.

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Lo que es peor, ahora es innegable que ellos iniciaron este programa mucho antes de que capturaran un solo “preso de alto perfil perteneciente a al Qaeda”, y que estaban aplicando esas atroces técnicas no en un desesperado intento de salvar al país de atentados posteriores- argumento que han venido utilizando mucho tiempo para su propio provecho- sino para inventar datos espurios sobre la inexistente relación entre Iraq y al-Qaeda. En otras palabras, George Bush, Dick Cheney y Donald Rumfsfeld ordenaron a sus subordinados golpear y torturar a los presos para conseguir que confesaran algo- cualquier cosa- que pudiera utilizarse para “justificar” una guerra de agresión que esos grandes estadistas habían estado planeando desde mucho antes de los atentados del 11 de septiembre.

No es posible separar el programa de torturas, de la guerra de agresión contra Iraq, ni del ilegal programa de escuchas telefónicas, ni de los corruptos beneficiarios de la guerra, ni de las demás degradaciones de la libertad y de la ley perpetradas de forma tan acelerada durante los últimos ocho años. Todo ello constituye un todo, dividido en partes, de un plan para expandir y afianzar “el control unipolar” del mundo corporativo de Estados Unidos mediante un Estado armado hasta los dientes, dirigido por un “ejecutivo unitario”y autoritario que no asume responsabilidades ante nadie.

Esa es una de las razones por las que Barack Obama es tan evidentemente reacio a tirar con fuerza del hilo de la tortura. Si lo hiciera a fondo, con procesamientos a larga escala y altos funcionarios entre rejas, toda la putrefacta madeja se desbarataría. Una vez que se empezara a someter al rigor de la ley a funcionarios gubernamentales, no habría final para desenmarañar la madeja: senadores, contratistas, miembros de la Cámara de Representantes, burócratas, generales, grupos de presión, jueces, presidentes de empresas... el edificio entero del poder de la clase dirigente se vería sacudido en su médula hasta que sus figuras principales cayeran una tras o otra.

Así, el simple acto de aplicar las leyes burguesas comunes, tal como están vigentes ahora, podría suponer una revolución que sacudiera al mundo, un colapso del orden existente mucho más radical que el sueño de un levantamiento de masas de cualquier ideólogo. Podría ser, de hecho, una refundación de la República y el fin del Imperio, que no puede subsistir sin guerras continuadas, gobierno sin ley y corrupción sin fin.

A ello se debe el que no veamos a Barack Obama seguir esa vía. Él, al final, tendría que tirar del hilo de la tortura mucho más intensamente de lo que quiere. Como decíamos ayer, pudiera tomarse a unos pocos responsables de nivel medio como chivos expiatorios para capear la tormenta de las relaciones públicas. Pero ha demostrado hasta la saciedad que no tiene intención ni deseo de desenmarañar la potencia imperial. Por el contrario, intenta reforzarla e intensificarla, tal como ha demostrado en sus diversas comparecencias tratando de mantener o incluso ampliar los poderes autoritarios exigidos por Bush, en su escalada de la guerra de Afganistán, en sus continuada expansión de los ataques en Pakistán, en sus serviles alabanzas y protección a la CIA, y en la celebración del “éxito” y de los “extraordinarios resultados” de la criminal guerra de Iraq.

Irónicamente, el asunto de la tortura, que él trata tan desesperadamente de sacudirse de encima, es de hecho la oportunidad para pasar a la historia que Obama- y sus fervientes admiradores- tanto anhelan. Se trata de la mejor oportunidad, ¿la última?, para desmantelar la brutal y corrupta máquina imperial, y de partir de cero. Pero él no estaría donde está hoy si fuera la clase de hombre para entender- y aprovechar- semejante oportunidad.

Él la dejará pasar, y todas las esperanzas de cambio, de renovación, de una República reconstituida, se irán con él.

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(*)Chris Floyd es un escritor estadounidense y colaborador habitual de Counterpunch. Su blog, Empire Burlesque, es accesible en www.chris-floyd.com.

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