La economía estadounidense: por qué es importante saber qué tipo de crisis atravesamos

Dean Baker
The Guardian
Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez
19/09/10


Es asombroso que en un país con casi 15 millones de personas sin empleo haya todavía algún economista que tenga trabajo. Esto es culpa primera y principalmente de ellos. Se supone que los economistas saben de economía y ofrecen consejo sobre cómo evitar catástrofes antes de que se produzcan y nos ayudan a recuperarnos de los desastres que suceden pese a estar avisados.

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La profesión económica no ha sacado buena nota en este sencillo boletín. Llama la atención que, en lugar de mejorar su actuación, los economistas estén ahora ocupados rebajando expectativas para que la opinión pública no los haga responsables de la situación de la economía.

Para este fin, un grupo de economistas de la Reserva Federal ha presentado hace poco un nuevo estudio en el que afirma que era imposible que los economistas detectaran la burbuja inmobiliaria de 8 billones de dólares antes de que arruinara la economía. De hecho, sostenían que no se debía culpar a los economistas de este fracaso porque los instrumentos de última generación de la ciencia económica no eran capaces de predecir con algún grado de certidumbre el desplome de los precios de la vivienda en Estados Unidos iniciado en el año 2006.

Esto plantea una pregunta evidente: si los economistas no pueden ver una burbuja inmobiliaria de 8 billones de dólares, ¿qué pueden ver? Es un poco como lo del parque de bomberos en el que todo el mundo está sentado tranquilamente tomándose una taza de café mientras la escuela de la acera de enfrente está siendo devastada por las llamas. Aun cuando los economistas sigan poniendo excusas, es bastante inexcusable no haber visto en absoluto la burbuja económica más grande de la historia del mundo.

Después de fracasar en la prevención del desastre, los economistas se preocupan mucho ahora de decirnos que no pueden hacer nada por remediar la situación. La narración que promueven es que el desempleo es estructural, no cíclico; una cantinela de la que ahora se hacen eco los columnistas de la prensa. Esto quiere decir que la gente no está desempleada porque haya caído la demanda en la economía, sino que más bien no tienen trabajo porque hay un desequilibrio entre los puestos de trabajo disponibles y las destrezas y ubicación de los trabajadores existentes.

Antes de examinar el argumento más de cerca, es preciso señalar que los argumentos sobre el aumento del desempleo estructural aparecen en todas las recesiones. Cuando la economía no consigue crear puestos de trabajo con la rapidez suficiente para reducir la tasa de desempleo, los economistas vuelven a culpar a los trabajadores enseguida. El problema no es que los economistas propongan medidas inadecuadas; el problema es que los trabajadores no tienen la cualificación adecuada, o no viven en el lugar correcto. Así ha sucedido después de cada una de las cuatro últimas recesiones.

La historia que los economistas cuentan es que hay de puestos de trabajo, pero los trabajadores que están parados no tienen la formación para ocuparlos. La pandilla del «desempleo estructural» recibió un gran impulso la semana pasada cuando la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (Bureeau of Labour Statistics) informó que el número de vacantes sin cubrir en el mes de julio había aumentado en 180.000.

Algunas consecuencias lógicas del cuento del desempleo estructural son fáciles de comprobar. Por ejemplo, si hay sectores de la economía con una demanda insatisfecha sustancial de mano de obra, entonces deberíamos ver subir los salarios rápidamente en esos sectores. Es un sencillo asunto de oferta y demanda. Si la demanda supera a la oferta, entonces tendríamos que ver subidas de salarios porque las empresas compiten por los trabajadores.

No hay ningún sector importante en el que los salarios sigan el ritmo de la tasa global de aumento de la productividad. Durante el último año y medio, en la mayoría de los sectores los salarios han subido sobre todo al ritmo de la inflación. De hecho, durante ese periodo, los salarios de los trabajadores, productivos o no, dedicados a labores de control, en términos generales, han subido algo más deprisa que los del conjunto de los trabajadores. Como todos los puestos de trabajo menos cualificados pertenecen al grupo de labores de producción y no supervisión, eso hace pensar que, en realidad, la prima por la cualificación ha caído durante los últimos 18 meses: exactamente lo contrario de lo que dice el cuento del desempleo estructural.

De manera similar, si los empleadores no pueden encontrar suficientes trabajadores cualificados, entonces tenemos que suponer que hacen trabajar más horas a la mano de obra existente. Entonces, debería haber sectores económicos donde el promedio del horario semanal estaría aumentando. Las evidencias se niegan a colaborar aquí también. Durante el último año, el mayor incremento del promedio de horario se ha producido en los sectores minero, maderero y de manufacturas, industrias de las que no se suele pensar que sean focos de nuevas cualificaciones en la economía. En conjunto, el promedio de horario semanal están muy por debajo de los niveles anteriores a la recesión.

¡Ah, sí! ¿Y qué pasa con el gran salto de las ofertas de empleo vacantes del mes de julio? Con el salto del mes de julio se está hablando solo de unas 3 millones de vacantes, lo que nos da poco más de una por cada cinco desempleados. Además, el número actual de vacantes está más o menos un tercio por debajo de los niveles de 2007, antes de que comenzara la recesión. Y nadie hablaba de desempleo estructural hace tres años.

En resumen: en realidad no hay ninguna prueba de que haya un problema de desempleo estructural. El problema es que por culpa de una mala política no hay suficiente demanda en la economía. Si hay algún desequilibrio entre puestos de trabajo y cualificación, es entre los cargos de los economistas y las personas que los ocupan.