“Contrainsurgencia” y “Guerra psicológica”

Peter Dale Scott y Robert Parry
Consortium News/Alternet
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
12/10/10

Nota del editor:

Muchos estadounidenses ven a su país y a sus soldados como los “buenos” que propagan la “democracia” y la “libertad” por todo el mundo. Cuando EE.UU. inflige muerte y destrucción innecesaria, es visto como un error o una aberración.

En el siguiente artículo, Peter Dale Scott y Robert Parry examinan la larga historia de estos actos de brutalidad, una trayectoria que sugiere que no se trata de un “error” o una “aberración, sino más bien de una doctrina bastante consciente de contrainsurgencia por el “lado oscuro”.

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Hay un hilo oscuro –pocas veces reconocido– que recorre la doctrina militar de EE.UU., que proviene de los primeros días de la República.

Esta tradición militar ha defendido explícitamente el uso selectivo del terror, sea en la represión de la resistencia de los americanos nativos en las fronteras del Siglo XIX, en la protección de intereses estadounidenses en el extranjero en el Siglo XX, o en la “guerra contra el terror” durante la última década.

Gran parte del pueblo estadounidense no tiene en cuenta esta tradición oculta porque la mayor parte de la literatura que propugna el terror patrocinado por el Estado se limita cuidadosamente a los círculos de seguridad nacional y pocas veces se extiende al debate público, el cual está dominado por mensajes de buen rollo sobre intervenciones bienintencionadas de EE.UU. en el extranjero.

Durante décadas, investigaciones del Congreso y periodistas han sacado a la luz algunos de esos abusos. Pero cuando eso sucede, usualmente los casos se consideran anomalías o excesos de soldados fuera de control.

Pero la documentación histórica muestra que las tácticas de terror son desde hace tiempo un lado oscuro de la doctrina militar de EE.UU. Las teorías sobreviven actualmente en libros de texto sobre guerra de contrainsurgencia, conflicto de “baja intensidad” y “contraterrorismo”.

Algunos historiadores datan la aceptación formal de esas doctrinas brutales a los años sesenta del Siglo XIX cuando el ejército de EE.UU. enfrentaba al Sur rebelde y la resistencia de americanos nativos en el oeste. De esas crisis emergió el concepto militar moderno de la “guerra total” que incluye ataques contra civiles y su infraestructura económica como parte integral de una estrategia victoriosa.

En 1864, el general William Tecumseh Sherman dejó una huella de destrucción en territorio civil en Georgia y las Carolinas. Su plan era destruir la voluntad de combatir del Sur y su capacidad de mantener un gran ejército en el terreno. La devastación incendió plantaciones y produjo quejas generalizadas de la Confederación por violaciones y asesinatos de civiles.

Mientras tanto, en Colorado, el coronel John M. Chivington y la Tercera Caballería de Colorado empleaban sus propias tácticas de terror para pacificar a los cheyenes. Un explorador llamado John Smith describió posteriormente el ataque en Sand Creek, Colorado, contra indios desprevenidos en un campamento pacífico.

“Fueron escalpados; sus cerebros vaciados; los hombres usaron sus cuchillos, destriparon a mujeres, apalearon a niños pequeños, los golpearon en la cabeza con sus fusiles, vaciaron sus cerebros a golpes, mutilaron sus cuerpos en todo sentido de la palabra.” [Congreso de EE.UU., Senado, 39 Congreso, 2ª. Sesión, "The Chivington Massacre," Reports of the Committees.]

Aunque la objetividad de Smith fue cuestionada en la época, incluso defensores de la incursión de Sand Creek aceptan que la mayoría de las mujeres y niños fueron asesinados y mutilados. (Vea teniente coronel William R. Dunn, I Stand by Sand Creek.]

Sin embargo, en los años 1860, muchos blancos en Colorado consideraron la matanza como el único camino realista para lograr la paz, tal como Sherman consideró que su “marcha hacia el mar” era necesaria para imponer la rendición del Sur.

Las brutales tácticas del Oeste también ayudaron a allanar el camino para el ferrocarril transcontinental, crearon fortunas para hombres de negocios favorecidos y consolidaron el poder político republicano durante más de seis décadas, hasta la Gran Depresión de los años treinta. [Vea Indian Genocide and Republican Power, Consortiumnews.com]

Cuatro años después de la Guerra Civil, Sherman llegó a ser general comandante del ejército e incorporó las estrategias de pacificación de los indios –así como sus propias tácticas– a la doctrina militar de EE.UU. El general Philip H. Sheridan, que había dirigido las guerras contra los indios en el territorio de Missouri, sucedió a Sherman en 1883 y arraigó aún más esas estrategias en la política. [Vea Ward Churchill, A Little Matter of Genocide.]

A finales del Siglo XIX, los guerreros americanos nativos habían sido vencidos, pero las estrategias victoriosas del ejército siguieron existiendo.

EE.UU. imperial

Cuando EE.UU. reivindicó la conquista de las Filipinas en la guerra Hispano-Estadounidense, los insurgentes filipinos resistieron. En 1900, el comandante estadounidense, el general J. Franklin Bell, modeló conscientemente su brutal campaña de contrainsurgencia según las guerras indias y la “marcha al mar” de Sherman.

Bell creía que al aplastar a los filipinos más acaudalados mediante la destrucción de sus casas –como Sherman había hecho en el Sur– se verían obligados a ayudar a convencer a sus compatriotas para que se sometieran.

Aprendiendo de las “guerras indias” también aisló a las guerrillas obligando a los filipinos a ir a zonas estrictamente controladas donde se construyeron escuelas y otras instalaciones sociales.

“Toda la población fuera de las principales ciudades en Batangas fue arreada hacia campos de concentración”, escribió el historiador Stuart Creighton Miller. “El principal objetivo de Bell fueron las clases más acaudaladas y mejor educadas… Como si fuera poco, Bell hizo que esa gente acarreara el petróleo utilizado para quemar sus propias casas de campo.” [Vea Benevolent Assimilation de Miller.]

Para los que estaban fuera de las áreas protegidas, prevaleció el terror. Un corresponsal noticioso favorable describió una escena en la cual soldados estadounidenses mataron “hombres, mujeres, niños… desde chicos de 10 y más, ya que prevalecía la idea de que el filipino, como tal, era poco menos que un perro…

“Nuestros soldados bombearon agua salada dentro de los hombres, ‘para hacerlos hablar’, encarcelaron a gente que levantaba las manos y se rendía pacíficamente, y una hora después, sin un átomo de evidencia que mostrara que eran incluso insurrectos, los pararon sobre un puente y los mataron uno a uno a tiros, para que cayeran al agua y flotaran como ejemplo para los que hallaran sus cuerpos acribillados.”

Para defender esas tácticas, el corresponsal señaló que “no es una guerra civilizada, pero no tenemos que ver con gente civilizada. Lo único que conocen y temen es fuerza, violencia y brutalidad.” [Philadelphia Ledger, 19 de noviembre de 1900]

En 1901, antiimperialistas en el Congreso sacaron a la luz y denunciaron las brutales tácticas de Bell. No obstante, las estrategias de Bell fueron aclamadas por los militares como un método refinado de pacificación.

En un libro de 1973, un historiador militar favorable a Bell, John Morgan Gates, calificó de “exagerados” los informes sobre atrocidades y saludó la “excelente comprensión de Bell del papel de la benevolencia en la pacificación”.

Gates recordó que la campaña de Bell en Batanga fue considerada por estrategas militares como “pacificación en su forma más perfeccionada”. (Vea Schoolbooks and Krags: The United States Army in the Philippines, 1898-1902 de Gates.]

Propagan la metodología

A comienzos de siglo, la metodología de pacificación también fue un tópico popular entre las potencias coloniales europeas. Desde Namibia a Indochina, los europeos tuvieron dificultades para someter a las poblaciones locales.

A menudo la matanza irrestricta dio resultados, como lo demostraron los alemanes con masacres de la tribu Herrero en Namibia de 1904 a 1907. Pero los estrategas militares a menudo compararon sus notas sobre técnicas más sutiles de terror selectivo combinado con manifestaciones de benevolencia.

Las estrategias de contrainsurgencia volvieron a estar de moda después de la Segunda Guerra Mundial cuando numerosos pueblos subyugados exigieron independencia del régimen colonial y Washington se preocupó por la expansión del comunismo. En los años cincuenta, la rebelión Huk contra la dominación de EE.UU. volvió a convertir a las Filipinas en un laboratorio, y se recordaron claramente las lecciones pasadas de Bell.

“La campaña contra el movimiento Huk en las Filipinas… se pareció considerablemente a la campaña estadounidense de casi 50 años antes”, señaló el historiador Gates. “El enfoque estadounidense hacia el problema de la pacificación había sido estudiado”.

Pero la guerra contra los Huk tuvo algunos enfoques nuevos, particularmente el concepto moderno de la guerra psicológica o psy-war.

Siguiendo las estrategias pioneras del general de división de la CIA, general Edward G. Lansdale, la guerra psicológica fue un nuevo giro del antiguo juego de quebrar la voluntad de una población objetivo. La idea era analizar las debilidades psicológicas de un pueblo y desarrollar “temas” que pudieran inducir acciones favorables a los que realizaban la operación.

Aunque la guerra psicológica incluía propaganda y desinformación, también se basaba en tácticas de terror de naturaleza demostrativa. Un panfleto de la guerra psicológica del ejército, que se basó en la experiencia de Lansdale en las Filipinas, propugnaba la “violencia criminal ejemplar –el asesinato y mutilación de cautivos y la exhibición de sus cuerpos”, según Instruments of Statecraft de Michael McClintock.

En sus memorias, Lansdale alardeó de un legendario truco de la guerra psicológica utilizado contra los Huk, quienes eran considerados supersticiosos y temerosos de una criatura similar a un vampiro llamada asuang.

“El escuadrón de la guerra psicológica montaba una emboscada a lo largo de un sendero utilizado por los Huk”, escribió Lansdale. “Cuando una patrulla Huk aparecía por el sendero, los participantes en la emboscada capturaban al último hombre de la patrulla, sin que se detectara su acción en la oscuridad de la noche. Perforaban dos agujeros en su cuello, como si hubiera sido un vampiro, sostenían el cuerpo por los pies, lo vaciaban de sangre, y volvían a colocar el cadáver en el sendero.”

“Cuando los Huk volvían a buscar al desaparecido y encontraban a su compañero desangrado, todos los miembros de la patrulla creían que el asuang había acabado con él. [Vea In the midst of wars de Lansdale.]

La rebelión Huk también presenció el perfeccionamiento de zonas de libre fuego, una técnica utilizada efectivamente por las fuerzas de Bell medio siglo antes. En los años cincuenta, asignaron escuadrones especiales para hacer el trabajo sucio.

“La táctica especial de esos escuadrones era acordonar áreas; todo el que se encontraba dentro de ellas era considerado un enemigo”, explicó un coronel filipino favorable a EE.UU. “Casi a diario se encontraban cuerpos flotando en el río, muchos de ellos víctimas de la Unidad Nenita del mayor [Napoléon] Valeriano [Vea The Huk Rebellion: A Study of Peasant Revolt in the Philippines de Benedict J. Kerkvliet.]

Hacia Vietnam

La exitosa represión de los Huk llevó a los arquitectos de la guerra a compartir sus lecciones en otros sitios en Asia y más allá. Valeriano fue coautor de un importante libro de texto estadounidense sobre la contrainsurgencia y sirvió como parte del esfuerzo de pacificación estadounidense en Vietnam, con Lansdale.

Siguiendo el modelo filipino, los vietnamitas fueron hacinados en “aldeas estratégicas”; se declararon “zonas de libre fuego”, casas y cultivos fueron destruidos; y el programa Phoenix eliminó a miles de presuntos cuadros del Vietcong.

Las implacables estrategias fueron absorbidas y aceptadas, incluso por personajes militares ampliamente respetados, como el general Colin Powell quien sirvió dos períodos en Vietnam y apoyó la práctica rutinaria de asesinar varones vietnamitas como una parte necesaria del esfuerzo de contrainsurgencia.

“Recuerdo una frase que usamos en el terreno, MAM, para military-age male [varón en edad militar]” escribió Powell en su tan alabada memoria My American Journey.

“Si un helo [un helicóptero estadounidense] veía a un campesino en pijamas negros que parecía remotamente sospechoso, un posible MAM, el piloto daba vueltas y disparaba frente a él. Si se movía, su movimiento era juzgado como evidencia de intención hostil, y la próxima andanada no era disparada frente a él, sino contra su persona.

“¿Brutal? Tal vez. Pero un comandante de batallón capaz con quien yo había servido en Gelnhausen [Alemania Occidental], el teniente coronel Walter Pritchard, murió por fuego de francotiradores enemigos mientras observaba a MAMs desde un helicóptero. Y Pritchard fue sólo uno de muchos. La naturaleza del mata o muere el combate tiende a embotar percepciones finas del bien y el mal.”

En 1965, la comunidad de la inteligencia de EE.UU. formalizó sus lecciones de contrainsurgencia aprendidas de la peor forma encargando un programa de máximo secreto llamado Project X. Basado en el Centro y Escuela de Inteligencia del Ejército de EE.UU. en Fort Holabird, Maryland, el proyecto se basó en experiencia en el terreno y desarrolló planes de formación para “suministrar entrenamiento en inteligencia a países extranjeros amigos”, según una historia del Pentágono preparada en 1991 y publicada en 1997.

Llamado “una guía para la conducción de operaciones clandestinas”, el “Project X” fue utilizado por primera vez por la Escuela de Inteligencia de EE.UU. en Okinawa para entrenar a vietnamitas y, presumiblemente, a otros extranjeros”, señaló la historia.

Linda Matthews, de la División de Contrainteligencia del Pentágono, recordó que en 1967-68 parte del material de entrenamiento del Project X fue preparado por oficiales conectados con el programa Phoenix. “Sugirió la posibilidad de que parte del material delictivo del programa Phoenix puede haber sido integrado a los materiales del Project X en la época”, dijo el informe del Pentágono.

En los años setenta, el Centro y Escuela de Inteligencia del Ejército de EE.UU. se mudó a Fort Huachuca en Arizona y comenzó a exportar material del Project X a grupos de ayuda militar de EE.UU. que trabajaban con “países extranjeros amigos”. A mediados de los setenta, material del Project X llegaba a ejércitos en todo el mundo.

En su estudio de 1992, el Pentágono reconoció que el Project X fue la fuente de muchas de las lecciones “reprobables” en la Escuela de las Américas, donde oficiales latinoamericanos fueron entrenados en chantaje, secuestros, asesinatos y espionaje contra oponentes políticos no violentos.

Pero la revelación de toda la historia fue bloqueada cerca del fin del primer gobierno de Bush, cuando altos funcionarios del Pentágono que trabajaban para el entonces secretario de defensa Dick Cheney, ordenaron la destrucción de la mayor parte de los archivos del Project X. (Vea Lost History de Robert Parry.]

Vida peligrosa

A mediados de los años setenta, parte de las lecciones de contrainsurgencia estadounidenses también habían llegado a Indonesia. El entrenamiento militar de EE.UU. fue furtivo, porque Washington consideraba que el líder neutralista Sukarno era políticamente sospechoso. El entrenamiento fue permitido sólo para dar influencia a EE.UU. dentro de las fuerzas armadas indonesias que eran consideradas más fiables.

La ayuda y el entrenamiento estadounidenses consistieron casi enteramente en una “acción cívica” de sonido inocuo, lo que generalmente se piensa que consiste de la construcción de carreteras, suministro de personal de clínicas de salud y realización de otras actividades de “corazones y mentes” con civiles. Pero la “acción cívica” también sirvió de cobertura en Indonesia, como en las Filipinas y Vietnam, para la guerra psicológica.

Las secretas conexiones militares entre EE.UU. e Indonesia tuvieron su compensación para Washington cuando estalló una crisis política, que amenazaba al gobierno de Sukarno.

Para contrarrestar al poderoso Partido Comunista de Indonesia, conocido como PKI, los Boinas Rojas del ejército organizaron la matanza de decenas de miles de hombres, mujeres y niños. Los numerosos cuerpos que fueron arrojados a los ríos de Java Oriental los tiñeron de sangre.

En una clásica táctica de guerra psicológica los cadáveres hinchados también sirvieron de advertencia política a las aldeas río abajo.

“Para asegurar que no se hundieran, los cadáveres fueron deliberadamente atados a, o empalados con, estacas de bambú”, escribió el testigo presencial Pipit Rochijat. “Y la partida de los cadáveres de la región Kediri por el Brantas logró su edad de oro cuando los cuerpos fueron amontonados en balsas sobre las cuales ondeaba orgullosamente la bandera del PKI”. (Vea Am I PKI or Non-PKI? de Rochijat, Indonesia, octubre de1985.]

Algunos historiadores han atribuido la grotesca violencia a un ejército demencial que se lanzó a una “brutalidad no planificada” o “histeria masiva” que finalmente condujo a la matanza de cerca de medio millón de indonesios, muchos de ellos de ascendencia china.

Pero la repetida táctica de colocar cuerpos en una horripilante exhibición también se ajusta a las doctrinas militares de guerra psicológica [psy-war], palabras que uno de los principales asesinos militares utilizó en forma no traducida al ordenar la eliminación del PKI.

Sarwo Edhie, jefe del batallón para-comando político conocido como las Boinas Rojas, advirtió que “no se debe dar ninguna oportunidad de concentrarse/consolidarse” a la oposición comunista. “Debe ser rechazada sistemáticamente por todos los medios, incluida la guerra psicológica”. [Vea The Revolt of the G30S/PKI and Its Suppression, traducido por Robert Cribb en The Indonesian Killings.]

Sarwo Edhie había sido identificado como contacto de la CIA cuando sirvió en la embajada indonesia en Australia. [Vea Pacific, mayo-junio de 1968.]

Simpatía en los medios de EE.UU.

La reacción de la elite estadounidense ante la horrible matanza fue y ha seguido siendo ambivalente desde entonces. El gobierno de Johnson negó toda responsabilidad por las masacres, pero el periodista del New York Times, James Reston, habló por muchos líderes de opinión cuando calificó favorablemente los sangrientos eventos en Indonesia de “rayo de luz en Asia”.

Los desmentidos estadounidenses de su participación se mantuvieron hasta 1990 cuando diplomáticos de EE.UU. admitieron ante un periodista que habían ayudado al ejército indonesio mediante el suministro de listas de presuntos comunistas.

“Realmente fue una gran ayuda para el ejército”, dijo el funcionario de la embajada Robert Martens a Kathy Kadane de States News Service. “Probablemente tengo mucha sangre en mis manos, pero no es tan malo. Hay una hora en la cual hay que golpear duro en un momento decisivo.” Martens había dirigido el equipo de EE.UU. que compiló las listas de la muerte.

La historia de Kadane provocó una reacción significativa del escritor sénior de editoriales del Washington Post, Stephen S. Rosenfeld. Aceptó el hecho de que funcionarios estadounidenses hayan ayudado en “esa espantosa matanza”, pero luego justificó los asesinatos.

Rosenfeld argumentó que la masacre “fue, y sigue siendo considerada ampliamente como la suerte sombría pero merecida de un partido revolucionario conspirativo que representaba el mismo monstruo comunista que estaba en marcha en Vietnam”.

En una columna titulada: “Indonesia 1965: ¿El año de vivir cínicamente?” Rosenfeld razonó que “o el ejército liquidaba a los comunistas, o los comunistas liquidaban al ejército, se pensaba: Indonesia era un dominó, y el fin del PKI mantuvo a Indonesia en el mundo libre…

“Aunque los medios fueron gravemente deshonrosos, se puede decir que nosotros –los exigentes así como los obstinados y cínicos– gozamos de los frutos de la estabilidad geopolítica de esa parte importante de Asia, de la revolución que nunca tuvo lugar”.

[Washington Post, 13 de julio de1990]

Sin embargo, el gusto fue mucho más amargo para los pueblos del archipiélago indonesio. En 1975, el ejército del nuevo dictador de Indonesia, el general Suharto, invadió la antigua colonia portuguesa de Timor Oriental. Cuando los timoreses orientales ofrecieron resistencia, el ejército indonesio volvió a las atrocidades de costumbre y lanzó un verdadero genocidio contra la población.

Un misionero católico suministró un testimonio presencial de una misión de búsqueda y destrucción en Timor Oriental en 1981.

“Vimos con nuestros propios ojos la masacre de la gente que se rendía: todos muertos, incluso mujeres y niños, incluso los más pequeños… Ni siquiera se salvaron las mujeres embarazadas: fueron destripadas… Hicieron lo mismo que habían hecho a niños pequeños el año anterior, los agarraron por las piernas y golpearon sus cabezas contra rocas…

“Los comentarios de oficiales indonesios revelan la calidad moral de este ejército: ‘Hicimos lo mismo [en 1965] en Java, Borneo, en las Célebes, en Irian Jaya, y dio resultados’”. [Vea East Timor: Land of Hope de A. Barbedo de Magalhaes.]

Las referencias al éxito de la matanza de 1965 no fueron inusuales. En Timor: A People Betrayed, el autor James Dunn señaló que “del lado indonesio, ha habido numerosos informes de que muchos soldados vieron su operación como una fase más en la continua campaña para eliminar el comunismo que vino después de los eventos de septiembre de 1965”.

Las estrategias clásicas de guerra psicológica y pacificación fueron seguidas incondicionalmente en Timor Oriental. Los indonesios exhibieron cadáveres y las cabezas de sus víctimas. Los timoreses también fueron arreados a campos controlados por el gobierno antes de ser permanentemente reubicados en “aldeas de reasentamiento” lejos de sus casas originales.

“El problema es que la gente es obligada a vivir en los asentamientos y no se le permite viajar afuera,” dijo monseñor Costa Lopes, administrador apostólico de Dili. “Es el motivo principal por el cual la gente no puede cultivar suficientes alimentos.” Vea Indonesia's Forgotten War: The Hidden History of East Timor de John G. Taylor.]

Aversión pública

A través de la televisión en los años sesenta y setenta, la Guerra de Vietnam terminó por acercar los horrores de la contrainsurgencia a millones de estadounidenses. Vieron como soldados de EE.UU. incendiaban aldeas y obligaban a ancianas desesperadas a abandonar sus hogares ancestrales.

Equipos de camarógrafos grabaron en películas los brutales interrogatorios de presuntos Vietcong, la ejecución de un joven oficial del Vietcong, y el bombardeo a niños con napalm.

En efecto, la Guerra de Vietnam fue la primera vez que los estadounidenses llegaron a presenciar las estrategias de pacificación que habían sido desarrolladas en secreto como política de seguridad nacional desde el Siglo XIX. Como resultado, millones de estadounidenses protestaron contra la conducción de la guerra y el Congreso impuso tardíamente un final a la participación de EE.UU. en 1974.

Pero los debates doctrinarios de la guerra psicológica no fueron resueltos por la Guerra de Vietnam. Los propugnadores de la contrainsurgencia se reagruparon en los años ochenta tras el presidente Ronald Reagan, quien montó una entusiasta defensa de la intervención en Vietnam y reafirmó la decisión de EE.UU. de emplear tácticas similares contra fuerzas izquierdistas, sobre todo en Centroamérica. [Vea Guatemala: A Test Tube for Repression, de Consortiumnews.com.]

Reagan también agregó un nuevo componente importante a la mezcla. Reconociendo que las imágenes gráficas e informes honestos de la zona de guerra había debilitado el apoyo público para la contrainsurgencia en Vietnam, Reagan autorizó una agresiva operación interior de “diplomacia pública” que practicó lo que fue llamado “gestión de la percepción” –en efecto, la intimidación de periodistas para asegurar que sólo la información depurada llegara al pueblo estadounidense.

Los periodistas que revelaron atrocidades de fuerzas entrenadas por EE.UU., como la masacre de El Mozote por el batallón Atlacatl en El Salvador en 1981, fueron duramente criticados y sus carreras dañadas.

Algunos operadores de Reagan no se mostraron tímidos respecto a su defensa del terror político como necesidad de la Guerra Fría. Neil Livingstone, consultor de contraterrorismo del Consejo Nacional de Seguridad, calificó los escuadrones de la muerte de “instrumento extremadamente efectivo, por odioso que sea, en el combate contra el terrorismo y los desafíos revolucionarios”. Vea Instruments of Statecraft de McClintock.]

Cuando los demócratas en el Congreso objetaron contra los excesos de las intervenciones de Reagan en Centroamérica, el gobierno reaccionó con más presión en las relaciones públicas y la política, cuestionando el patriotismo de los críticos. Por ejemplo, la embajadora de Reagan en las Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, acusó a todo el que prestara atención a los crímenes respaldados por EE.UU. de “culpar primero a EE.UU.”

Muchos demócratas en el Congreso y periodistas en el cuerpo de prensa de Washington se doblegaron ante los ataques, dando mucha libertad al gobierno de Reagan para realizar brutales estrategias de “escuadrones de la muerte” en El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua.

Lo que queda claro en estas experiencias en Indonesia, Vietnam, Centroamérica y otros sitios, es que EE.UU., durante generaciones, ha mantenido dos formas de pensar paralelas pero opuestas sobre las atrocidades militares y los derechos humanos: una, de benevolencia estadounidense, generalmente sostenida por el público, y la otra de brutalidad en la que el fin justifica los medios, abrazada por los especialistas de la contrainsurgencia.

Normalmente los especialistas realizan sus acciones en sitios remotos, sin que la prensa nacional informe mucho al respecto. Pero a veces las dos visiones en competencia –de un EE.UU. justo y de otro implacable– chocan abiertamente, como sucedió en Vietnam.

O el lado oscuro de la política de seguridad de EE.UU. es sacado a la luz por filtraciones no autorizadas, como las fotos de detenidos abusados en la prisión Abu Ghraib en Iraq, o por revelaciones sobre waterboarding [asfixia inducida con agua] y otras torturas autorizadas por la Casa Blanca de George W. Bush como parte de la “guerra contra el terror”.

Sólo entonces el público llega a tener una idea de la atroz realidad, las tácticas sangrientas y brutales que han sido consideradas “necesarias” durante más de dos siglos en defensa de los supuestos “intereses nacionales”.

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Peter Dale Scott es un autor y poeta cuyos libros se han concentrado en la “política oculta”, “la intersección de economía, criminalidad y seguridad nacional. (Para más información, vea http://www.peterdalescott.net/) Robert Parry es un veterano periodista investigativo en Washington. (Para sus libros, vea http://www.neckdeepbook.com)

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