El jinete del Apocalipsis

Amine Lofti
El Watan
Traducido por Caty R.
Tlaxcala
16/01/08

En su gira por Oriente Próximo, el presidente estadounidense George W. Bush se ha lanzado a una virulenta campaña verbal contra Irán, al que señala como «padrino» del terrorismo mundial. En la misma línea de violencia verbal exhorta a los países árabes –especialmente a los Estados del Golfo- a constituir, nada menos, que un frente contra Irán. George W. Bush, a pesar de los informes de los servicios de inteligencia estadounidenses, persiste en su idea fija de la bomba iraní que amenaza la paz mundial.

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Así se coloca en la posición de aquel que a fuerza de gritar «¡que viene el lobo!» acabó consiguiendo que nadie lo creyera. Efectivamente, tenemos el ejemplo previo de Iraq y el espantajo de las armas de destrucción masiva que el presidente Bush agitó para derribar a Sadam Husein y ocupar militarmente Iraq. Después se demostró que las armas de destrucción masiva no existían. ¿La bomba atómica iraní puede ser un estribillo que vuelva a servirle al presidente Bush? Es evidente que George W. Bush cuenta con un miedo legítimo de los países del Golfo de ver a Irán, que ya es una potencia en la región, dotarse con el arma nuclear y adquirir, por lo tanto, mayor hegemonía. El presidente de EEUU sabe que está en la cuenta atrás mientras las elecciones primarias para designar a su sucesor ya han comenzado en los Estados de Iowa y New Hampshire. Totalmente desacreditado en Estados Unidos, George W. Bush intenta hacer creer a la opinión pública que tiene un papel que jugar en el tablero internacional. Para eso se lanza a una auténtica escalada del discurso belicista cuyo tono recuerda el que precedió a la invasión de Iraq. A menos de un año de la expiración de su segundo mandato a la cabeza de Estados Unidos, George W. Bush confirma así ante todo el mundo que no es un hombre de paz. De no ser así, no habría esperado a 2008 para darse cuenta, por fin, de la necesidad de un Estado palestino en el que se comprometió desde de su primera elección. Ha visto, sin otra preocupación que la de defender a Israel, deteriorarse la situación hasta el límite de la más insoportable desesperación del pueblo palestino. Está permitido preguntarse si esta tan tardía renovación del interés por Palestina irá seguida del menor efecto cuando es evidente que el Estado hebreo considera que los únicos palestinos buenos son los que están muertos, presos o encerrados en los territorios bajo estricta vigilancia. Realmente, George W. Bush ha demostrado a lo largo de su viaje a Oriente Próximo que la creación del Estado palestino pasaba a un segundo plano con relación al peligro iraní. Al atizar, como hace, la tensión sobre el asunto nuclear iraní, el presidente estadounidense no hace nada más que vanagloriarse para intentar que se olvide el desastre que su intervención en la gestión del mundo ha supuesto para Afganistán, Iraq y también, y sobre todo, para los propios Estados Unidos. ¿Señalando a Irán como el principal enemigo –como hizo anteriormente con Iraq-, el presidente Bush está perfilando el tercer enorme conflicto que legará al mundo antes de pasar, por fin, el relevo en 2009? Un conflicto semejante precipitaría al planeta al Apocalipsis.