Israel y el estallido antimusulmán

MJ Rosenberg
Al Jazeera
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
23/08/10

No sé por qué me sorprende en cierto modo que la derecha estadounidense –incluido el Partido Republicano– haya decidido que convertir a los musulmanes en chivos expiatorios es su camino al éxito. Después de todo, no es nada nuevo.

Recuerdo que directamente después del 11-S el columnista Charles Krauthammer, que ahora es uno de los demagogos antimusulmanes más elocuentes, casi perdió la chaveta en mi sinagoga en Chevy Chase, Maryland, cuando el rabino dijo algo sobre la importancia de que no se asociaran los ataques terroristas con los musulmanes en general.

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Fue en Yom Kippur, el día más sagrado del año, pero eso no impidió que Krauthammer gritara a voz en cuello su desacuerdo con el rabino. Su opinión: Israel y EE.UU. están en guerra contra los musulmanes y hay que ganar esa guerra.

Fue chocante, no sólo porque el estallido de Krauthammer estaba tan terriblemente fuera de lugar sino también porque el sujeto estaba realmente reprendiendo al rabino por no predicar el odio contra todos los musulmanes en el Día de la Expiación.

El año siguiente, el rabino visitante de Israel dio un sermón sobre la Intifada que entonces expresaba su cólera en Israel y Cisjordania.

Un sermón con un cierto toque

El sermón fue un asunto insensato que hizo lacrimosamente la transición de la Intifada al Holocausto y de vuelta.

Recuerdo que pensé: “Este tipo está realmente culpando a los palestinos por el sufrimiento de sus padres durante el Holocausto”. Pensé que había oído mal porque el asunto era tan ridículo.

Luego vino el final del sermón, que fue inolvidable. El rabino concluyó con palabras del Eclesiastés:

"Todo tiene su momento… Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado… tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar…"

Luego alzó la vista y dijo: “Ahora es tiempo de odiar”.

Primero pensé que había oído mal. No podía estar llamando a la congregación a que odiara. Había docenas de niños en la sala. No era posible.

Pero sí lo era. Habla a favor de muchos de los fieles con los que hablé al abandonar el templo que se hayan mostrado espantados. Incluso los derechistas se sentían mal al apoyar el odio como una virtud.

No obstante, el rabino se mostró impenitente. Le envié un correo para quejarme y respondió que sus palabras expresaban lo que creía. Maravilloso.

Se podría preguntar lo que Oriente Próximo tiene que ver con el maligno estallido de islamofobia (en realidad islamo-odio) que al parecer se ha apoderado de segmentos de este país.

Los orígenes de la islamofobia estadounidense

La respuesta es que todo tiene que ver. Aunque el odio se dirige contra árabes-estadounidenses (lo que lo hace peor) lo justifican invocando el 11-S, un ataque realizado por musulmanes de Oriente Próximo.

La fobia es reforzada por el odio contra musulmanes y árabes expresado (o proclamado a los cuatro vientos) durante décadas en nombre de la defensa de Israel.

Basta con observar lo que sucede en el Congreso, donde liberales de Nueva York, Florida, California y otros sitios no pierden una oportunidad para explicar que no importa lo que haga Israel, está bien, y no importa lo que hagan los musulmanes, está mal.

¿Es posible que alguien argumente que una retórica tan insidiosa no tiene impacto en la opinión pública?

Por lo menos, otorga al prejuicio antiárabe o antimusulmán una legitimidad que ya no tiene otras formas de odio. Fanáticos intolerantes que odian a los afroestadounidenses o judíos, por ejemplo, piensan que pueden afirmar que no sienten odio. No es así con los musulmanes que pueden ser despreciados impunemente.

Y en esto los liberales son peores que los conservadores porque los liberales excluyen a musulmanes y árabes (y ahora a los turcos) de los instintos humanitarios que informan sus puntos de vista sobre todos los demás grupos.

Los conservadores combinan sus insultos contra los árabes con una xenofobia general, como lo demuestran sus puntos de vista sobre la inmigración.

¿Liberalismo falto de liberalidad?

Los liberales, por otra parte, escogen a los musulmanes para menospreciarlos.

Lo hacen activamente –es decir, defendiendo todas y cada una de las acciones de los israelíes contra los árabes con un entusiasmo vehemente. Y lo hacen de modo pasivo, negándose a expresar un ápice de compasión hacia los musulmanes que sufren y mueren a manos de los israelíes –como los 432 niños palestinos muertos en la guerra de Gaza en 2008.

Los liberales se suman a los conservadores al apresurarse a tomar la palabra en la Cámara de Representantes y el Senado para defender a los israelíes contra cualquier acusación (recordad como atacaron automáticamente el informe Goldstone sobre los crímenes de guerra de Israel en Gaza, sin interesarse por los horrores descritos por Goldstone).

Y luego leyeron sus temas de conversación confeccionados por AIPAC (el lobby Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí), enumerando todas las cosas terribles que han cometido los árabes mientras Israel ofrece, como Gandhi, consistentemente la mano de la amistad. Sería ridículo si el efecto de todo esto no fuera tan horrible.

¿Por qué no iba a afectar también todo este odio la percepción de los árabes-estadounidenses? El odio rebasa invariablemente sus límites, tal como el odio a Israel se convierte a veces en puro antisemitismo a la antigua.

Conclusión: están agitando un brebaje que sin duda alguna producirá violencia. Pero los que lo hacen no se encuentran todos en la derecha. También hay numerosos políticos liberales que lo hacen para complacer a algunos de sus donantes.

No digo que no haya que culpar a Glenn Beck y Rush Limbaugh de Fox News por todo este odio. Pero no dejéis de culpar a vuestros políticos liberales y progresistas preferidos. Con unas pocas (muy pocas) excepciones, son igual de malos.
……

MJ Rosenberg es Senior Foreign Policy Fellow en Media Matters Action Network. Este artículo apareció primero en Foreign Policy Matters, parte de Media Matters Action Network.