Aumentan las enfermedades mentales en Iraq y no hay medios para tratarlas

Erica Goode
The International Herald Tribune
Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández
26/05/08

La guerra ha sumido al hospital psiquátrico Ibn Rushid, situado en el centro de Bagdad, en una situación terrible, cuando en otro tiempo era una de las joyas del sistema sanitario iraquí (Joao Silva, para el New York Times)

En otra época, en un país distinto, donde la violencia y el terror no acecharan por las calles, el Dr. Amir Hussain habría podido practicar la psiquiatría de la forma en que siempre soñó.

Puede verlo todo en su imaginación: las limpias y bien decoradas salas del hospital, las bien provistas farmacias, el reluciente equipamiento del laboratorio, las bien alfombradas consultas, los hogares tutelados y los equipos de apoyo que ayudarían a los pacientes crónicos a rehabilitar sus vidas fuera del hospital.

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Ha presenciado situaciones indecibles e inimaginables en primera persona. En 2005, dejó Iraq y estuvo durante cinco meses en Inglaterra, formándose en atención especializada para la tercera edad y observando cómo trabajaban allí los psiquiatras.

Pero Hussain, que entró en la profesión en una época en que los doctores iraquíes eran valorados como los mejor formados y de más alto nivel de Oriente Medio, está ahora atrapado en la urdimbre de una tierra asolada por la guerra. Sus sofisticados conocimientos se han visto en gran medida desbordados por un mundo cada vez más en descomposición, y el obsoleto equipamiento de que dispone ha hecho que los tratamientos se hundan en la barbarie propia del film “Alguien voló sobre el nido del cuco”, a pesar de todas sus buenas intenciones.

Hussain cuida de pacientes cuyas enfermedades a menudo se han desencadenado o empeorado por la terrible violencia que les rodea. Y allí están amontonados en su diminuta consulta del hospital psiquiátrico Ibn Rushid, situado en el centro de Bagdad, acompañados de madres y tías, esposas y hermanos.

La letanía de muerte y miseria que recitan no le conmociona ya.

“Estamos acostumbrados a escucharlo, y nos hemos visto forzados a congelar nuestras emociones”, dice.

Por otro lado, sus propias experiencias no son muy diferentes. Como tantos otros iraquíes, sufre parte de la sintomatología del estrés traumático: insomnio, ansiedad, tendencia a asustarse ante ruidos fuertes.

“Los atascos de tráfico provocan mucho estrés y, allí, de repente, algo va y explota”, dice.

Cuando puede, trata de escuchar música relajante. Las excursiones al campo con las que tanto disfrutaba antes ya no están al alcance de nadie. Las carreteras son demasiado peligrosas.

Sin embargo, Hussain hace cuanto puede y más para ayudar a sus pacientes. En algunos casos, les trata con las pocas medicinas psiquiátricas de que dispone. En otros, para los pacientes que son potenciales suicidas o catatónicos o no responden a las medicinas, prescribe terapia electro-convulsiva, administrada con un aparato que tiene ya 25 años y que, nos cuenta, tiene “problemas técnicos”.

Algunas veces, se les da Valium a los pacientes antes de los tratamientos. Pero debido a que el equipo no cuenta con anestesista, los dolorosos tratamientos de choque se realizan sin anestesia, como se hacía hace décadas en Estados Unidos, antes de que aparecieran aparatos nuevos que necesitaban niveles más bajos de electricidad.

Hussain es totalmente consciente de que lo que puede ofrecer está muy lejos de lo ideal, que la forma en que el hospital proporciona la terapia de electrochoque es “inhumana y peligrosa” y que los pacientes no reciben el arsenal de programas y terapias especiales de que se dispone habitualmente en otros países.

“Me siento frustrado”, dice Hussain. “Me siento triste. Sé cómo han de hacerse las cosas pero no puedo hacerlas porque tengo un sin fin de barreras y limitaciones. No tenemos equipamiento, no tenemos los medicamentos adecuados”.

A pesar de todo, dice, los pacientes a veces mejoran.

Sólo cuatro de los once psiquiatras que tenía el Ibn Rushid siguen allí trabajando; el resto se ha trasladado hacia el norte, al Kurdistán, donde el riesgo de secuestro o asesinato es menor, o han abandonado el país. El hospital psiquiátrico, uno de los dos de Iraq, proporciona tratamientos a corto plazo y en otro tiempo era considerado como una de las joyas del sistema sanitario de Iraq, famoso por sus modernos tratamientos. Llegaban pacientes desde Siria y Jordania para someterse a tratamiento y las 75 camas de que disponía el hospital estaban siempre llenas.

También llegaban doctores de países occidentales para enseñar los sistemas más avanzados de tratamiento.

Pero la buena estrella del Ibn Rushid se acabó, acompañando así la suerte de la destrozada ciudad que le rodea, una decadencia que empezó bajo el gobierno de Saddam Hussein [trece años de sanciones de Naciones Unidas] y que, a partir del 2003, ha seguido desmoronándose a velocidad de vértigo con cada año que pasa. La pintura de las paredes se está viniendo abajo. Las cortinas de encaje que cubren las ventanas del vestíbulo están hechas jirones.

Por la mañana, Hussain recibe a los pacientes externos en la clínica del hospital: una mujer que empezó a presentar trastornos psicóticos poco después de que los estadounidenses entraran en Bagdad en 2003 y que estaba convencida de que iban a matarla con una bala que saldría del aparato de televisión; un muchacho de 18 años que vio un vídeo en un teléfono celular de cómo un amigo muy cercano era torturado y asesinado, volviéndose tan violento a partir de ahí que su familia tenía que mantenerle atado con una cuerda…

El psiquiatra escucha, alza sus gafas para leer el informe médico y trata de obtener más información. Su teléfono móvil –con una foto de Oprah Winfrey como fondo- suena constantemente. Los miembros de su equipo se abren paso a través de la marejada de pacientes, pidiéndole que firme impresos y autorice tratamientos. Valora cada caso en unos cuantos minutos, escribe una prescripción u ordena hacer una prueba, y sigue adelante.

Jalida Ibrahim, una trabajadora social del hospital, dice que puede que sea difícil tratar a pacientes con heridas físicas, pero intentar ayudar a los deprimidos pacientes que han perdido niños, maridos, en ocasiones a toda la familia, es emocionalmente agotador.

“Algunas veces estamos hablándoles e intentando aliviarles pero dentro de nuestros corazones sentimos mucha pena porque nos enfrentamos también a los mismos problemas”, dijo.

Teniendo en cuenta las situaciones que los pacientes tienen que afrontar en su vida diaria –coches bomba, asesinatos, combates entre las milicias y las fuerzas estadounidenses e iraquíes-, son frecuentes las recaídas. No les da tiempo a recuperarse, dijo Hussain, y cuando lo consiguen “ya hay ahí un nuevo estrés, una nueva pena, una nueva pérdida, una nueva violencia”.

Una mañana, hace poco tiempo, una muchacha de quince años trajo a su madre, quien dijo haberse vuelto “adicta al whisky”, a la zona para mujeres del hospital, una serie de habitaciones escasamente amuebladas en la segunda planta. Madre e hija se sentaron en sillas de plástico en la pequeña consulta de la enfermera.

“Vengo a buscar tratamiento porque no pienso más que en morir todo el tiempo”, dijo la madre, Hana al-Dolaimi. “Quiero suicidarme”.

Dolaimi dijo que tenía un largo historial de problemas psiquiátricos, y que aunque su situación había mejorado, “debido a la violencia y la situación del país, me derrumbé”.

Su marido se marchó un día para visitar a su hermana que vivía en otra ciudad y nunca volvió. Oyó que le habían matado pero no pudo ir a la morgue para identificar el cadáver.

“Tengo la tensión muy alta y me aterraba ir allí”, dijo.

Diez días después, tres pistoleros aparecieron por su casa en Bagdad pidiendo dinero y preguntándole si era chií o sunní.

“Yo les dije, ¿qué es lo que os he hecho? Podría ser vuestra madre”, dijo Dolaimi.

Ahora, añadió, “todo me entristece, mi casa desapareció, mi marido despareció. Todo lo bueno y agradable que había en mi vida ha desaparecido”.

Cualquier persona admitida en el hospital debe estar acompañado por un familiar que esté cerca en todo momento y ayude a mantener calmado al paciente.

Las enfermedades psiquiátricas conllevan un alto estigma en Iraq, dice Ibrahim, la trabajadora social. Muchas de las pacientes que vienen a Ibn Rushid han sido golpeadas por maridos o padres que creen sencillamente que actúan así porque son malas.

En el pasado, dijo Hussain, los psiquiatras solíamos ir a casa de nuestros pacientes, “pero ahora nos da miedo hacerlo por la situación de violencia existente”.

Hussain se imaginaba todo de muy distinta forma cuando decidió convertirse en psiquiatra en la década de 1980, al sentirse interesado por los síntomas psiquiátricos de los soldados que volvían de los lejanos campos de batalla de la guerra entre Irán e Iraq.

Pero ahora una guerra muy distinta ha invadido su país y sus pacientes, aunque no sean soldados, son todos, de alguna forma, las víctimas.

Podría irse de Iraq pero no tiene intención de hacerlo, dijo.

Ama su trabajo.

“Nadie me obligó a hacerme psiquiatra”, nos dijo Hussain.

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