Retrospectiva: Una variante del gatillo fácil

Naomi Klein
La Nación
15/03/08
Traducción de Zoraida J. Valcárcel

Toronto. La primera quincena de febrero fue muy inestable para el mercado bursátil. Sin embargo, no afectó demasiado a Taser International. Sus acciones continuaban en alza, tras haber dado un salto impresionante del 8 por ciento a fines de enero. Matthew McKay, analista de Jeffries & Co. en San Francisco, cita una causa sencilla: la noticia de que la Junta de Servicios Policiales de Toronto piensa comprar 3000 pistolas Taser (un arma paralizante por electrochoque) a un costo de 8,6 millones de dólares, incluido el entrenamiento. De proseguir las tratativas, la Taser se convertiría en algo tan normal para todos los policías locales en servicio de calle como las esposas y las cachiporras.

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El miércoles 13 de febrero, por la noche, participé en un foro público organizado por la Toronto Police Accountability Coalition. Tema: la perspectiva de una fuerza policial completamente armada con pistolas Taser. Uno de los participantes, con una historia clínica de afecciones psiquiátricas, declaró: “Estamos preocupados porque nosotros seremos el blanco de los electrochoques”.

Esta inquietud se basa en la experiencia. Según un análisis hecho en 2006 por Bill Blair, jefe de la policía de Toronto, sus agentes habían utilizado la Taser en 156 incidentes. Salvo en 9 casos, los sujetos parecían “tener un trastorno mental” o atravesar algún tipo de “crisis”.

En el foro, varias voces señalaron que sería mejor gastar los 8,6 millones de dólares en prevenir las crisis personales proveyendo más camas y mejores servicios de salud mental y tratamiento de adicciones. En vez de esto, en 2007 se clausuraron cuatro refugios para gente sin hogar, con una pérdida de 258 camas.

El comentario más perturbador de la velada fue éste: “¿Por qué todo esto sucede ahora?”. Por cierto, el momento elegido resulta desconcertante. Hace apenas unos meses, el video de la muerte de Robert Dziekanski en el aeropuerto internacional de Vancouver suscitó una ola de indignación internacional. La tragedia puso de manifiesto el error conceptual más frecuente respecto de la pistola Taser: su uso primordial como alternativa a las armas de fuego. John Sewell, ex alcalde de Toronto, me lo advirtió: “La Taser no reemplaza al revólver. Reemplaza todo cuanto la policía podría hacer, además de usar un revólver. Por ejemplo, hablarle a usted”.

Tal habría sido el caso con Dziekanski. Cuando los agentes de la Real Policía Montada se acercaron al polaco inerme, no intentaron calmarlo ni averiguar la causa de su agitación extrema. [Era la primera vez que volaba y que viajaba al extranjero. Se había desencontrado con su madre, residente en Canadá; no conocía el idioma y entró en pánico]. En menos de 25 segundos, le dispararon. La muerte de Dziekanski también llamó la atención sobre los casos fatales no filmados. Para Amnistía Internacional, desde 2001, en América del Norte han muerto 310 personas luego de haber sido inmovilizadas con una Taser.

¿Cuál fue la causa de esas muertes: el electrochoque u otro factor? Los agresivos abogados de Taser International dificultan la respuesta. La compañía ha sido objeto de un centenar de demandas judiciales por lesiones y muerte. Afirma no haber perdido hasta ahora un solo caso. Pero en agosto, Bloomberg News informó sobre “varias desestimaciones misteriosas” de casos a pedido de los demandantes. Taser niega haber arreglado con dinero a todos sus acusadores, pero admite haberlo hecho con algunos “cuando los aspectos económicos del arreglo (...) eran significativamente inferiores al costo del litigio”.

La empresa insiste en atribuir esas muertes a otras causas. Señala un informe según el cual la muerte por electrocución sobreviene en cuestión de segundos. No obstante, en muchos casos, se produjo varios minutos o aun días después del electrochoque.

Un estudio reciente del Cook County Hospital, de Chicago explica, quizás, esta discrepancia. En un experimento con 11 cerdos, cada uno recibió disparos de una pistola Taser por 40 segundos y una nueva descarga 10-15 segundos después. Así se la utiliza en la práctica. Al referirse a las muertes subsiguientes al uso de la Taser, Amnistía dice que, a menudo, esas personas “habían sido sometidas a electrochoques múltiples o prolongados”.

Los investigadores descubrieron que todos los cerdos manifestaban problemas cardíacos ulteriores. Dos murieron por paro cardíaco, uno de ellos 3 minutos después del experimento. Un miembro del equipo, Bob Walker, dijo: “Eso demuestra que el efecto del disparo de una Taser puede prolongarse más allá del momento en que se ejecuta”. Rick Smith, ejecutivo máximo de Taser, desechó el estudio al alegar que la investigación en personas era más pertinente.

Volvemos, pues, al interrogante de por qué ahora. A las nuevas e inquietantes pruebas científicas y los pleitos desconcertantes, se suman varias investigaciones públicas en Nueva Brunswick, Nueva Escocia y Terranova, todavía en curso. Amén de las suscitadas por la muerte de Dziekanski.

Sin duda, sería prudente que el jefe de policía de Toronto aguardara los resultados, antes de ordenar la septuplicación del arsenal de pistolas Taser. Pero aquí parecería intervenir algo más poderoso que la razón. Creo que tiene que ver con la promesa seductora de un control policial sin contacto físico. Ningún otro método para dominar a sospechosos indóciles ofrece a los policías semejante efecto instantáneo y completo. Hablar, calmar o negociar son más chapuceros y llevan tiempo. Otras técnicas físicas son riesgosas para ellos.

Taser International se jacta de que su tecnología, que permite disparar dardos eléctricos desde más de 10 metros de distancia, “avasalla temporariamente los sistemas de comando y control del cuerpo”. Con sólo oprimir un botón, hasta el individuo más iracundo y fornido se desplomará. En cierto modo, disparar una Taser es el máximo poder que una persona puede ejercer sobre otra. Como habría dicho un policía de Ottawa, allá por 2003, luego de haberla utilizado contra manifestantes congregados frente al ministerio de Inmigración: “Es menos sucio y más divertido”.

Pocos discutirían el derecho de un policía a usar un arma de electrochoque cuando hay vidas en peligro y la única alternativa es un arma de fuego. Muchos policías de Toronto, en particular los de la Fuerza de Tareas de Emergencia, las usan evidentemente con discreción.

Sin embargo, también abundan las pruebas de que algunos agentes se envician. En Edmonton (Alberta), en 2001, las denuncias de uso de la Taser no llegaban, en promedio, a una por semana. Tres años después, eran diarias. En Dartmouth (Nueva Escocia), una madre tuvo un altercado con su hija de 17 años y llamó a la policía. Aparecieron tres agentes y dispararon contra la muchacha en su propia cama. En un fallo reciente, un juez calificó estas acciones de “muy perturbadoras y desconcertantes”.

Tal vez sería posible prevenir esta nueva forma del gatillo fácil aplicando controles más estrictos. Pero, pese a las reiteradas exhortaciones en tal sentido, Taser, en su afán por poner su producto en manos de civiles, lo vende como un arma segura y, además, divertida. En Estados Unidos, viene promoviendo agresivamente su línea C2 de “protectores personales”, en color rosa o piel de leopardo estampada, en fundas con reproductor de MP3 incorporado. La apodan “iTaser”. En las áreas suburbanas de Arizona, ya organizan reuniones promocionales.

Los ejecutivos de Taser dicen ser expertos serios en seguridad pública. No obstante, han lanzado esta incursión en el campo de la moda justamente cuando, en numerosos frentes, se pone en duda la seguridad de sus productos.

Con tal de vender más, las grandes compañías hacen cualquier cosa que pueda quedar impune. No cabría esperar menos de Taser International. Tenemos derecho de esperar mucho más de nuestra policía.

La autora ha publicado, recientmente, La doctrina del shock , sobre el capitalismo del desastre. (Editorial Paidós)

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)


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