Los familiares de las víctimas afganas denuncian la existencia de un “equipo para matar” estadounidense

Jason Motlagh (Kandahar) y Muhib Habibi (Maiwand)
Time
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
22/10/10

Los espantosos detalles de los crímenes cometidos en Afganistán que han hecho que doce soldados estadounidenses sean procesados en una base cercana a Seattle han ido llegando lentamente a conocimiento de la opinión pública. Como prueba del caso se han presentado docenas de fotos donde se muestra a los hombres de un autodenominado “equipo para matar”, acusados de asesinar por deporte a civiles afganos, posando después junto a cuerpos carbonizados y mutilados, de los cuales habían cortado varios dedos y una cabeza como trofeos. Uno de los soldados, de quien se dijo había alardeado de asesinatos similares en Iraq, se tatuaba una calavera en la pierna izquierda cada vez que mataba alguien. Otro soldado contó, desplegando una franqueza escalofriante con los investigadores militares, cómo elegía sus blancos al azar. Pero quienes han estado ausentes de toda esa narrativa han sido las voces de los familiares de las víctimas, algunos de los cuales presenciaron los asesinatos que se perpetraron en pueblos cercanos a la base estadounidense situada en el bastión talibán del distrito de Maiwand. Las condiciones de la seguridad en la zona han frustrado los esfuerzos de los investigadores militares y de los grupos por los derechos humanos para averiguar más detalles en los escenarios de los crímenes. Sin embargo, tras varias semanas intentando contactar con ellos, TIME ha podido entrevistar a varios de esos familiares acerca de los sombríos sucesos acaecidos entre los meses de enero y mayo.

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Se ha sabido que una de las víctimas, el Mulá Allah Dad, era el imán o líder religioso del pueblo de Qala Gai, situado a unos seis kilómetros de la Base de Operaciones de Avanzada Ramrod, donde los soldados acusados, que formaban parte de la 5ª Brigada Stryker, de la 2ª División de Infantería, estaban estacionados. Según su esposa, quién pidió que no se la identificara al relatar su historia a través de su padre, Dad, dijo que tenía cuarenta y pocos años, que había vuelto al recinto familiar tras trabajar en sus campos en la mañana del 2 de mayo, cuando llegaron los soldados estadounidenses y le arrastraron fuera. Ella y sus seis hijos se quedaron dentro del aposento de adobe. Al atisbar a través de una grieta en la pared, relata que escuchó una ráfaga de disparos y que vio cómo su marido caía al suelo dentro de su campo de visión. “No sabía si estaba muerto o herido”, dice. Los soldados entraron de nuevo a empujones en el interior y la llevaron a otra habitación. Algunos de ellos se pusieron a registrar la casa, arrojando al suelo sus muebles y pertenencias. Cuando se marcharon, un traductor afgano le ordenó que no saliera afuera y cerró la puerta. Se produjo una fuerte explosión, al parecer uno de los dos soldados acusados hizo estallar una granada contra el cuerpo de Dad. Su mujer salió y se encontró con su marido muerto “desnudo y totalmente carbonizado” yaciendo boca abajo.

El suegro del muerto, Abdullah Jan, se fue esa misma tarde a primera hora a la oficina del distrito de Maiwand para recuperar los restos de Dad. Explicó que el funcionario del distrito local y el director de inteligencia le presentaron una bolsa con un cuerpo carbonizado y le dijeron que habían tomado fotos, añadiendo, con toda la desfachatez, que el asesinato estaba justificado porque un soldado estadounidense les había dicho: “Ese hombre [Dad] llevaba una granada”. Después de tratar de rechazar, en vano, esa afirmación, se marchó con la bolsa y el cuerpo y regresó al pueblo para preparar de inmediato el entierro, como exige la tradición islámica.

Un total de doce soldados se enfrentan ahora a las acusaciones de haber cometido algunos de los peores crímenes de guerra de los nueve años de invasión estadounidense en Afganistán. Cinco están acusados de cometer los asesinatos, mientras que los otros siete están acusados de intento de encubrimiento. El especialista Jeremy Morlock, de 22 años, está acusado de crear el “equipo para matar” junto con el sargento Calvin Gibbs, también de 22 años, quien al parecer se jactó de haber salido de rositas de los asesinatos que cometió en Iraq. Algunos de los hombres están también acusados de consumo de drogas y de recoger partes de los cuerpos de otras víctimas afganas. Si se les declara culpables, los cinco acusados de asesinato se enfrentan a pena de muerte o cadena perpetua. Todos han defendido su inocencia. Algunos insisten en que fueron obligados por Gibbs, su superior, a participar en los asesinatos. En un video del interrogatorio publicado por los fiscales militares, Morlock describía cómo Gibbs separó a un hombre afgano y le ordenó que le disparase tras hacerle saltar por los aires con una granada.

Cuando las fuerzas estadounidenses y de la OTAN supieron del asesinato de los civiles afganos, emitieron la típica disculpa formal y una compensación en efectivo –unos 2.000 dólares en la mayoría de los casos- que se paga a los familiares de las víctimas a través del gobierno afgano. Pero los miembros de la familia de Dad y de Marach Agha, otro de los tres afganos asesinados al parecer por los soldados, insisten en que no han recibido ni disculpas ni compensaciones. “No hemos recibido nada por nuestra pérdida”, dice Jan. Cuando se le pidió a la Mayor Kathleen Turner, portavoz de la Base Conjunta Lewis-McChord, cerca de Seattle, donde se está juzgando a los soldados, que confirmara tales extremos, declinó hacer comentario alguno alegando que la investigación estaba en marcha. Y Abdul Qader Nurzai, director de la Comisión Independiente Afgana por los Derechos Humanos en Kandahar, declaró que su organización no había recibido aún ninguna reclamación formal de los familiares de las víctimas. Debido a la amenaza talibán, añade, “no podemos acceder a esa zona”.

Las víctimas civiles le han costado a EEUU y a sus aliados la pérdida de apoyos locales en zonas críticas como Kandahar, y con todo el daño ya perpetrado en Maiwand, donde están teniendo lugar ahora operaciones importantes, es muy improbable que incluso un veredicto de culpabilidad con un fuerte castigo pueda revertir la tendencia. (Para evitar reacciones violentas por parte de la gente, un alto oficial del ejército ha ordenado que no se publiquen las imágenes de las víctimas de estos asesinatos).

Jan, suegro del imán asesinado, dice que le trae ya sin cuidado que puedan castigar a los soldados. La gente de su pueblo “odiaba” a los estadounidenses incluso antes de esos asesinatos, explicó, debido a los ataques aéreos indiscriminados y a las brutales operaciones nocturnas en hogares de civiles. El profundo sentimiento antiestadounidense, añade, no ha hecho más que incrementarse desde que asesinaron a su líder religioso. “A los estadounidenses les encanta matar a gente inocente”, dice. “No tenemos tribunales que juzguen a los soldados acusados, pero Dios les aplicará los más duros castigos”. Si está reflejando, como parece, los sentimientos de la gente local, las posibilidades de que la misión estadounidense pueda desarraigar a los talibanes parecen ser cada vez más remotas.