La realidad del ejército afgano - ¿Existe sólo en la imaginación de EE.UU.?

Ann Jones
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
25/09/09

Introducción del editor de Tom Dispatch

En Washington, aumentan los llamados, especialmente entre ansiosos demócratas, para que el presidente se comprometa a entrenar cada vez más soldados y policías afganos en lugar de enviar más tropas estadounidenses. En el Congreso y en los medios ahora manejan inmensas cifras sobre imaginarias futuras fuerzas policiales y militares afganas – aunque nadie se detiene a preguntarse cómo sería Afganistán, el cuarto país más pobre del planeta, con una fuerza de seguridad combinada de 400.000. No sería una “democracia,” a eso puedes apostar tu último dólar. Y con un producto nacional bruto de sólo 23.000 millones de dólares (un porcentaje impresionante proviene del narcotráfico) y un presupuesto gubernamental de sólo unos 600 millones, tampoco es un país que pueda remotamente mantener una fuerza semejante. Para decirlo sin rodeos, si los funcionarios de EE.UU. fueran capaces de crear una fuerza semejante, entraría en juego una versión de la regla de Pottery Barn de Colin Powell [si lo rompes, lo pagas, N. del T.] y nosotros, los contribuyentes estadounidenses, seríamos sus dueños para siempre.

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Por otra parte, no hay que preocuparse. Como Ann Jones aclara en su revelador artículo a continuación, la probabilidad de que algún día se cree una semejante fuerza afgana debe ser casi nula. No es probable que un programa semejante sea más exitoso que lo que ha sido el inmensamente costoso programa de ayuda y reconstrucción afgana. De hecho, a pesar de todo lo que se habla sobre el tema, es notable lo poco que sabemos realmente sobre el increíblemente caro esfuerzo de EE.UU. y la OTAN por entrenar al ejército y a la policía afganos. Detengámonos y pensemos por un instante. ¿Cuándo leísteis por última vez en algún periódico de EE.UU. un impresionante informe, o aunque sea un informe cualquiera, en el cual un periodista se haya molestado por observar el proceso de entrenamiento en acción? Pensad lo útil que podría haber sido en el actual debate en Washington.

Por suerte, TomDispath puede ofrecer un remedio. La colaboradora regular del sitio, Ann Jones, quien fue por primera vez a Afganistán en 2002 y que ha descrito sus años de trabajo con mujeres afganas en una elegante memoria Kabul in Winter, ocupó su tiempo en julio visitando programas de entrenamiento estadounidense para el ejército y la policía afganos. Nos presenta una mirada reveladora, en el terreno, a ciertas realidades que ponen cabeza abajo el “debate” en Washington. Tom

La realidad del ejército afgano

¿Existe sólo en la imaginación de EE.UU.?

Ann Jones

El gran debate sobre Afganistán en Washington no tiene que ver con si se necesitan más soldados, sino sólo con quiénes son necesitados: estadounidenses o afganos – Nosotros o Ellos. Después de haber pasado un buen tiempo en Afganistán viendo cómo van las cosas, yo no apostaría por Ellos.

Francamente, tampoco apostaría a Nosotros. En ocho años, los soldados estadounidenses han abusado de la hospitalidad de los afganos. Su presencia misma incita ahora oposición, pero esa es otra historia. Quiero hablar de Ellos – los afganos.

Los afganos son afganos. Tienen su propia historia, su propia cultura, sus propios modos habituales de pensar y comportarse, todos complicados por una experiencia moderna de décadas de guerra, desplazamiento, pobreza abyecta e incesante interferencia de gobiernos extranjeros cercanos y lejanos – de los cuales EE.UU. ha sido el más poderoso y persistente. Los afganos no piensan o actúan como estadounidenses. Y sin embargo los estadounidenses en el poder se niegan a captar ese punto inconveniente.

En el calor de este verano, salí a los campos de entrenamiento cerca de Kabul donde son puestos a prueba los reclutas del ejército afgano, y rápidamente quedó en evidencia lo que se pierde en la traducción. Nuestros entrenadores, soldados de la Guardia Nacional de Illinois, eran magistrales. Profesionales y altamente calificados, estaban dedicados a realizar su misión – y a hacer bien su trabajo. También eran hombres estadounidenses grandes, fuertes, sobredimensionados, camuflados, con botas de combates, con cuerpos hinchados por chalecos antibalas y cubiertos de cuchillos, pistolas, y dios sabe qué más. Cualquier estadounidense se sentiría orgulloso por su compromiso con su duro deber.

En comparación los afganos eran enclenques: Cientos de pequeños Davides ante los atiborrados Goliates estadounidenses que los entrenaban. Hay que recordar que los reclutas afganos vienen de un mundo de desesperada pobreza. Son casi uniformemente desnutridos y de peso más bajo que el normal. Muchos no son más grandes que yo (1,65 m y delgada) – y muchos probablemente no mucho más fuertes. Como yo, muchos se hunden bajo el peso de un chaleco antibalas normal.

Sus entrenadores estadounidenses hablaban de “deficiencia de fuerza corporal superior” y prescribían flexiones de brazos porque los reclutas se tuercen bajo las mochilas llenas de 25 kilos de equipamiento y munición que se espera que lleven. Todo ese material debe parecer absurdo a hombres cuyos padres y hermanos, llevando sólo las viejas camisas de algodón y pantalones abolsados de todos los días y portando destartalados rifles rusos

Kalashnikov, derrotaron al Ejército Rojo hace dos décadas. Los entrenadores estadounidenses se maravillan de que, libres de equipamiento y uniformes pesados, los soldados afganos puedan correr todo el día por las montañas - como lo hacen realmente los guerrilleros talibanes con grandes resultados – pero el ejército de EE.UU. está determinado a entrenarlos para otro estilo de guerra.

No obstante, los nuevos reclutas salen a entrenarse en el abrasador calor de este rocalloso paisaje desértico llevando, bajo sus pesados uniformes, los elegantes atuendos rojos, verdes y negros para ejercicios de calentamiento que deben alentarlos a hacer ejercicios en su tiempo libre. Los entrenadores estadounidenses se dan cuenta de que los reclutas se ponen regularmente todo su equipo por temor a que alguien les robe algo si lo dejan en el cuartel, pero interpretan esa desproporción como señal de su amor por el ejército. Mi propia lectura, basada en mis observaciones de la vida afgana durante los años que he pasado en ese país, es: Es una señal de la poca confianza que se tienen entre ellos, o en los estadounidenses que les dieron esos vistosos trajes. Pienso que también indica lo obvio: que esos hombres empobrecidos en un país sin trabajo se han unido al Ejército Nacional Afgano por lo que puedan conseguir (y guardar o vender) – y eso no incluye ni democracia ni gloria.

En el actual debate político sobre la Guerra Afgana en Washington, el presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, Carl Levin, quiere que los afganos defiendan su país. El senador John McCain, el republicano más importante en el Comité, está de acuerdo pero dice que necesitan aún más ayuda de aún más estadounidenses. La base común – el territorio sagrado que busca el presidente Obama – es que, pase lo que pase, EE.UU. debe acelerar el entrenamiento de las “fuerzas afganas de seguridad.”

Los planificadores militares y responsables políticos estadounidenses ya actúan como si, con suficiente entrenamiento, los afganos pudieran ser convertidos en modelos a escala a cuerda de marines estadounidenses. Eso no sucederá. No ahora. Nunca. No importa cuántos de nuestros dirigentes estén de acuerdo en que debe ocurrir – y cada vez más rápido.

“Entrenamiento básico de guerrero”

¿Quiénes son entonces esas fuerzas de seguridad? Incluyen al Ejército Nacional Afgano (ANA) y a la Policía Nacional Afgana (ANP). Fuerzas internacionales y contratistas privados han estado entrenando reclutas afganos para ambas entidades desde el año 2001. En los hechos, la determinación de los planificadores militares occidentales de crear un ejército y una fuerza policial nacional ha sido tan grande que algunos parecen haber ocultado durante años los informes de soldados canadienses que presenciaron cómo miembros de las fuerzas de seguridad afganas participaban en un pasatiempo bastante común: sodomizar a jóvenes muchachos.

EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Canadá, Rumania, Polonia, Mongolia, Nueva Zelanda y Australia se ocupan actualmente del entrenamiento y la instrucción, así como los contratistas con fines de lucro MPRI, KBR (antes una división de Halliburton), Pulau, Paravant, y RONCO.

Casi ocho años después, y contando desde que comenzó el proceso de “instrucción”, oficiales en el Centro de Entrenamiento Militar de Kabul informan que el ejército tiene ahora entre 88.000 y 92.000 soldados, depende de con quien se hable; y el curso básico de entrenamiento financiado y dirigido por estadounidenses, llamado “Entrenamiento básico de guerrero” produce cada año 28.000 nuevos soldados, según una “hoja de datos” de ese centro. La “fuerza final” extrapolada para el ANA, a ser alcanzada en diciembre de 2011 es de 134.000 hombres; pero oficiales afganos me dijeron que están planificando una fuerza de 200.000, mientras la prensa occidental cita a menudo 240.000 como la cifra final.

400.000 es la cantidad mencionada a menudo como la cuota de fuerza final para las fuerzas de seguridad combinadas – un ejército de 240.000 soldados y una fuerza policial de 160.000 hombres. Pero funcionarios de la Policía Nacional Afgana también hablan de una cifra mucho más inflada, 250.000, y afirman que 149.000 hombres ya han sido entrenados. El entrenamiento de la policía siempre ha resultado problemático, sin embargo porque, desde el comienzo, los aliados europeos estuvieron fundamentalmente en desacuerdo con el gobierno de Bush sobre el rol de la policía afgana. Alemania inició el entrenamiento de lo que consideraba como una fuerza sin armas que dirigiría el tránsito, impediría el crimen, y mantendría el orden cívico a favor de la población civil. EE.UU. se hizo cargo en 2003, entregó la tarea a un contratista privado con fines de lucro, DynCorp, y procedió a producir una fuerza paramilitar fuertemente armada, indisciplinada, y enteramente venal, despreciada por los kabulis y temida por los civiles afganos en el campo.

En contradicción con ese punto de vista público generalizado, un comandante afgano de la ANP me aseguró que actualmente la policía es entrenada como policía, no como un auxiliar paramilitar del ANA. “Pero el trabajo de la policía es diferente en Afganistán,” dijo, porque la policía opera en zonas de guerra activa.

Washington envía mensajes contradictorios al respecto. Encarga la responsabilidad por la ANP a un contratista privado que contrata como instructores a agentes en retiro del mantenimiento del orden de EE.UU. – un agente de policía de Kentucky, un representante de la ley comarcal de Texas, un policía de Carolina del Norte, etc. Sin embargo, los políticos en Washington siguen combinando a la policía con el ejército como “fuerzas de seguridad afganas” – el rango más básico en la policía es “soldado” – en una fusión que debe influenciar lo que Dyncorp coloca en su manual de entrenamiento. En el campo de entrenamiento de la ANP en las afueras de Kabul, vi a un escuadrón de reclutas aprendiendo (a disgusto) cómo reaccionar ante una emboscada propiamente tal. Aunque estaban armados sólo de Kalashnikovs de goma roja, el ejercicio me pareció muy parecido a las maniobras militares que había presenciado en el campo de entrenamiento del ejército.

Como el entrenamiento del ejército, el entrenamiento de la policía también fue acelerado hace meses para garantizar la “seguridad” durante los preparativos para la elección presidencial. Con ese objetivo, los instructores de Dyncorp redujeron el curso básico de entrenamiento policial de ocho a tres semanas, después de lo cual los policías fueron enviados a aldeas en todo el país, incluidas áreas controladas por los talibanes. Después de la elección, los “soldados” policiales supervivientes del curso abreviado debían ser devueltos a Kabul para el resto del programa básico de entrenamiento. Todavía no se sabe cuántos volvieron.

Habrá que cuestionar la cordura de poner en acción ese producto a medio terminar. ¿Cómo os sentiríais si dieran rienda suelta a la policía en vuestra comunidad, con armamento pesado, después de tres semanas de entrenamiento? ¿Y cómo os sentiríais si os dieran un curso de entrenamiento de tres semanas con un fusil de goma y luego os enviaran, con uno de verdad, a defender a vuestro país?

El entrenamiento de fuerzas de seguridad no es barato. Hasta ahora, el coste estimado del entrenamiento y la instrucción de la policía desde el año 2001 es de por lo menos 10.000 millones de dólares. Cualquier cifra fiable sobre el coste de entrenamiento e instrucción del ejército afgano desde 2001 es tan invisible como el propio ejército. Pero EE.UU. gasta actualmente unos 4.000 millones de dólares por mes en operaciones militares en Afganistán.

Los hombres invisibles

¿Qué se ha logrado con todo ese costoso entrenamiento? Aunque es posible que en Washington hablen de los 90.000 soldados en el Ejército Nacional Afgano, nadie ha dicho realmente que haya visto a ese ejército en algún sitio en Afganistán. Cuando enviaron a 4.000 marines a la provincia Helmand en julio para enfrentar a los talibanes en lo que se considera como uno de sus bastiones, iban acompañados por sólo unos 600 miembros de las fuerzas de seguridad afganas, algunos de ellos policías. ¿Por qué, preguntaréis, no se ocupó el ANA, de 90.000 hombres después de ocho años de entrenamiento e instrucción, de Helmand? No se ha dado ninguna explicación. Los oficiales estadounidenses y de la OTAN se quejan a menudo de que las unidades del ejército afgano simplemente no están listas para “operar independientemente,” pero nadie responde a una simple pregunta: ¿Dónde están?

Mi conclusión lógica es que un tal ejército simplemente no existe. Puede que sea verdad que hombres afganos han pasado por alguna versión de “Entrenamiento básico de guerrero” 90.000 veces o más. Cuando yo estuve enseñando en Afganistán de 2002 a 2006, conocí a hombres que habían pasado repetidamente por entrenamiento en el ANA para obtener el prometido Kalashnikov y la paga. Luego se fueron a casa por un tiempo y a menudo volvieron algunas semanas después para volver a alistarse bajo un nombre diferente.

En un país en el que un 40% de los hombres carecen de empleo, unirse al ANA por 10 semanas es lo mejor que se puede hacer. Alivia la pobreza de muchas familias cada vez que el hombre de la familia vuelve al entrenamiento básico, pero es una manera innecesariamente complicada de entregar involuntariamente una ayuda humanitaria tan mínima. Algunos de esos soldados circulantes son envejecidos ex muyahidín – los fundamentalistas islamistas que EE.UU. otrora pagó para combatir a los soviéticos – y muchos son indudablemente talibanes.

Instructores estadounidenses han tomado debida nota del hecho de que, cuando soldados del ANA obtenían permiso de ausencia después del entrenamiento básico para volver a casa con su paga, generalmente no volvían. Para frustrar estafas con los talones del sueldo y disminuir las crecientes tasas de deserción, recientemente introdujeron un sistema de transferencia de dinero que permite que los soldados envíen su paga a casa sin tener que abandonar la base. Suena como una buena idea, pero como muchas de las costosas soluciones estadounidenses para los problemas afganos, no han entendido de qué se trata. El soldado no sólo quiere transferir el dinero a casa, quiere transferirse él mismo.

A comienzos de este año, el programa de entrenamiento estadounidense se hizo un poco más convincente con el uso de un arma hecha en EE.UU., el rifle M-16, que fue introducido paulatinamente en cuatro meses como reemplazo para el venerable Kalashnikov. Incluso entrenadores estadounidenses admiten que, en Afganistán, el Kalashnikov es el arma superior. Ligero y preciso, no requiere limpieza incluso en el polvo del desierto en las alturas, y todo hombre y muchacho ya lo conoce bien. El extraño y delicado M-16, por otra parte, podrá ser más exacto a distancias ligeramente superiores, pero sólo si un soldado puede mantenerlo limpio mientras logra ajustar y reajustar su mira notoriamente delicada. Puede que los soldados en dificultades del ANA no se destaquen en esa prueba, pero ahora que el ejército de EE.UU. ya ha traspasado sus M-16 viejos a los afganos, puede comprar nuevos a costa del contribuyente, una perspectiva que seguramente reconfortará el corazón de cualquier fabricante de armas. (A propósito, hay que agradecer a la Guardia Nacional de Illinois por arriesgar sus vidas para posibilitar esos generosos beneficios corporativos.)

En cuanto a la policía, el entrenamiento financiado por EE.UU. presenta una puerta giratoria parecida. En Afganistán, sin embargo, es muchísimo más peligroso ser policía que soldado. Mientras los soldados en patrulla pueden escabullirse, los policías fijos en sus puestos son muertos todos los días. Asignados en pequeñas cantidades para dotar de personal a comisarías en pequeñas localidades o puntos de control en las carreteras, son blancos ideales para los combatientes talibanes. Como representantes del ahora totalmente desacreditado gobierno del presidente Hamid Karzai, los desventurados policías sirven de cómodos objetivos simbólicos. Los comandantes británicos en la provincia Helmand calculan que un 60% de los policías afganos toman drogas – y no es de extrañar que así sea.

En las provincias pastunes del sur de Afganistán, donde los talibanes son fuertes, el reclutamiento de hombres para la Policía Nacional Afgana es un “problema,” como me dijo un comandante de la ANP. Consiguientemente, reclutas no-pastunes de la policía de origen azari, tayiko, uzbeco y otros son despachados para mantener el orden en territorio pastún. Es como si pintaran objetivos en sus frentes. Dicen que los policías que acompañaron a los marines estadounidenses a la provincia Helmand se negaron a dejar a sus fuertemente armados instructores para ocuparse de puestos suicidas en aldeas de provincia. Algunos soldados de la policía y del ejército, al ser interrogados por periodistas, afirmaron que “visitaban” la provincia Helmand sólo de “vacaciones”.

Día de entrenamiento

En muchos distritos, la policía recientemente complementó sus bajos ingresos y manifestó su lealtad a los señores de la guerra locales atiborrando urnas electorales para el presidente Karzai en la elección presidencial. Hay que considerarlo como sólo una indicación más – como la defección de esos grandes aliados muyahidín islamistas fundamentalistas que EE.UU. patrocinó en el yihad antisoviético de los años ochenta y que ahora combaten junto a los talibanes – de que no importa cuánto entrenamiento, instrucción o dinero estadounidense determinará por quién o por qué combatirán los afganos, o ciertamente si combatirán en absoluto.

Los afganos son combatientes de fama mundial, en parte porque tienden a gravitar hacia el lado vencedor, y están listos para cambiar de lado con presteza hasta tener éxito. Conscientes de que los afganos apoyan a un vencedor, los estrategas militares de EE.UU. se basan ahora en una estrategia de contrainsurgencia que trata de “despejar, retener y construir” - es decir, quedarse el tiempo suficiente para ganarse a los afganos. Pero ahora es demasiado tarde para que algo semejante tenga éxito. Actualmente, las tropas de EE.UU. que se quedan se parecen cada vez más a un ejército de ocupación extranjero y, a los talibanes, como objetivos.

Karen DeYoung señaló recientemente en Washington Post que los talibanes ahora utilizan regularmente técnicas militares muy sofisticadas – “como si los insurgentes hubieran asistido a algo parecido a la escuela de los Ranger del ejército de EE.UU., que enseña a los soldados a combatir en pequeños grupos en entornos austeros.” Por cierto, algunos de ellos han asistido a sesiones de entrenamiento que les enseñan a combatir en “entornos austeros,” probablemente una y otra vez. Si uno fuera talibán, ¿no exploraría el entrenamiento ofrecido a los afganos al otro lado? ¿Y no lo haría más de una vez si a uno le pagaran bien cada vez?

Un entrenamiento semejante puede ser útil – como lo puede haber sido para el policía talibán quien, sólo la semana pasada, asesinó a sus ocho compañeros en su puesto de policía en la provincia Kunduz en el norte de Afganistán y lo entregó a los talibanes. Por otra parte, un entrenamiento semejante puede ser letal para los entrenadores estadounidenses. Como en el caso del instructor estadounidense que fue herido a tiros por uno de sus reclutas. Dicen que una disputa surgió porque el instructor estaba bebiendo agua “frente a la gente del lugar” mientras los reclutas ayunaban para el mes sagrado musulmán de Ramadán.

Existe, a propósito, mucha evidencia de que los combatientes talibanes se las arreglan perfectamente, combatiendo encarnizadamente y bien sin el entrenamiento prodigado al ANA y a la ANP. ¿Por qué sucede que los combatientes talibanes afganos parecen ser tan atrevidos y efectivos, mientras la ANP es tan atrozmente corrupta y el ANP es un fracaso total?

Cuando visité bases y campos de entrenamiento en julio, escuché a algunos instructores estadounidenses que describían a sus reclutas afganos con los mismos términos racistas otrora aplicados a esclavos africanos en EE.UU.: flojos, irresponsables, estúpidos, infantiles, etc. Es como ojos estadounidenses ven la resistencia, la evasión y el sabotaje afganos. Los talibanes luchan por algo en lo que creen – que su país debiera ser libre de ocupación extranjeros. “Nuestros” afganos tratan de arreglárselas.

Pero algo sorprendente sucede a los reclutas del ANA que aguantan todas las 10 semanas de entrenamiento básico. Sus cuerpos ligeros comienzan a rellenarse un poco. Ganan más energía y comienzan a animarse – todo porque por primera vez en sus vidas han recibido suficiente alimento nutritivo.

A pesar de la mejor nutrición – senador Levin, senador McCain – “nuestros” afganos nunca van a combatir por una causa estadounidense, con o sin tropas estadounidenses, tal como imaginamos que debieran hacerlo. Nunca van a combatir con la energía de los talibanes por un gobierno nacional que impusimos contra sus deseos afganos, que luego, más recientemente, se dedicó a robar una elección más, y que ahora aparentemente será ratificado en su puesto a pesar de la evidencia incontrovertible de fraude flagrante. ¿Por qué iban a hacerlo? Incluso si EE.UU. pudiera ganar sus mentes, sus corazones no participan.

Una pequeña advertencia: No hay que tomar la inseguridad de las fuerzas de seguridad afganas como argumento para enviar aún más tropas estadounidenses a Afganistán. Estadounidenses agresivos (que ahora son unos 68.000) serán probablemente aún menos exitosos que fuerzas afganas renuentes. Los afganos quieren paz, pero los soldados kharaji [extranjeros] (100.000 si se incluye a los aliados de EE.UU. en la OTAN) llevan la muerte y la destrucción dondequiera van. En su lugar, pensad en lo que se podría haber ganado – y todavía se podría ganar – si se hubieran gastado esos miles de millones de dólares militares en alimentos. O tal vez en la agricultura. O en la atención sanitaria. O en un cuerpo de trabajo civil. ¿Ya es demasiado tarde para eso?

……

Ann Jones es autora de “Kabul in Winter: Life Without Peace in Afghanistan” (Metropolitan Books, 2006). Está en Kabul este verano, trabajando con organizaciones de mujeres, como lo ha hecho intermitentemente desde 2002.


Copyright 2009 Ann Jones